A lo largo de los últimos años algunos hemos perdido, empujados por las circunstancias, la fe en la política. Desde el 2015, cuando arribó Sánchez Castejón a primera línea de la res publica, todo ha ido a peor. No es una opinión, simplemente una constatación de hechos que cualquier lector puede comprobar. Cierto que él es presidente desde hace dos años, pero su sombra, como la de los pájaros de Allan Poe, iba tiñendo de oscuro cetrino el panorama de la democracia: acuerdo, diálogo, tolerancia, reconocimiento del adversario eran sintagmas que no figuraban en su particular diccionario. Desde aquel «no es no» de Sánchez, mi gusto por la política ha decrecido. Escribir sobre ella, en ocasiones, me ha producido pesar. No cito nombres de algunos políticos que, por el mero hecho de pensarlos, me vulneran. Ha ganado la mediocridad en todas las partidas. La zafiedad, el coletero del cinismo, la cazadora vaquera de la estulticia, el alarido del menosprecio. Uno de los títulos con los que me he referido al brillante ganador de las elecciones gallegas era este: «Núñez Feijoo frente al menosprecio». Lo publiqué durante su primera legislatura, hace ya ocho años. Entre otras frases, escribí: «No quiero imaginar qué sería de nosotros si fuese otro quien gobernase». Era un artículo más de decenas de mis columnas, desde el 2005, que dediqué a este presidente de la Xunta. Y habitualmente con la misma conclusión: Feijoo salvó a Galicia en el año nueve. Sin él nuestra historia hubiera sido otra.
El último artículo referido a Feijoo lo publiqué hace unas semanas. Terminaba diciendo: «Galicia, sin embargo, no se equivocará. Las elecciones son para el verano. Sabremos entonces si aquel diputado tímido del año 2005 se ha convertido en el político más apreciado de la historia de Galicia. Yo, humildemente, así lo creo». Y se cumplió el aserto. Sin duda, el político más querido de nuestra historia. Quizá uno de los pocos por los que uno debiera recuperar la fe en la política. A mí me cuesta. Quizá sea el momento de encerrarme con Calíope o Talía, lo literario, que en definitiva es un modo de crear mundos paralelos a este que vivimos. A partir de ahora les hablaré de otros ocurrires, como hago en la contraportada cada jueves. Han sido años intensos. Me reconforta que en Galicia reine el sentido común. Su voto, el de Galicia, ha refrendado que tenemos a una persona diligente, laboriosa y ejemplar al frente de la Xunta. Queda Feijoo, todavía.