Cinco mujeres


Tal vez sea casualidad o cosas del destino. O tal vez el capricho de los dioses que, después de azotarnos con la peste, se apiadan de nosotros y nos envían a cinco mujeres para dirigir las operaciones de rescate. La reconstrucción, nuestro futuro inmediato, está en sus manos. Nunca creí que la sensatez o la audacia, mucho menos la política económica, tuvieran sexo o fuesen cuestión de género. Pero, a la vista de este póquer femenino y de sus dictámenes para afrontar la crisis que nos asola, estoy en proceso de reconversión. Que las cinco mujeres, de diversa extracción política e ideológica, coincidan en el diagnóstico y en el diseño de las palancas para sacarnos del hoyo, me empuja a defender la virtud y eficiencia del matriarcado.

Angela Merkel, desde ayer presidenta del Consejo de la UE, ha asumido con mano firme el liderazgo de Europa. La canciller de hierro que otrora exigía cruentos sacrificios a los manirrotos del sur, pero que también evitó el desahucio de Grecia que proponían sus halcones, se ha convertido en la esperanza blanca de los países zarandeados por la pandemia. «Esto requiere una respuesta audaz», dijo. Su acuerdo con Macron hará historia: rompió el tabú alemán, donde el déficit cero constituye ideología nacional, y aceptó una emisión de deuda común -coronabonos sin etiqueta- para inyectar medio billón de euros a la Europa anémica.

La búlgara Kristalina Georgieva, a los mandos del FMI, tampoco duda en transgredir el dogma neoliberal de la institución que dirige: «Gasten, hay que salir de esta crisis». Eso sí, «guarden los recibos», porque después de la liberación -pero no antes, señores del Banco de España- habrá que pagarlos con impuestos.

La alemana Ursula von del Leyen impulsó, desde la presidencia de la Comisión Europea, el plan de recuperación que será debatido en el Consejo de la UE. Un fondo ambicioso, dotado con 750.000 millones de euros en ayudas directas y préstamos blandos, que los países del sur, aplastados por la losa de la deuda pública, aguardan como agua de mayo para regar sus maltrechas economías.

La francesa Christine Lagarde, presidenta del BCE, nos hizo olvidar pronto a su antecesor Mario Draghi, el italiano que salvó la vida al euro, calmó los mercados y evitó la bancarrota de España con frase solemne: «Haré lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente». Lagarde, en vez de exhibir la artillería con afán disuasorio, la utilizó desde el primer día: comenzó a bombear dinero, contuvo las primas de riesgo y facilitó que países como España o Italia continuaran financiándose a costes razonables.

Completo el quinteto con la española Nadia Calviño, cualificada aspirante a presidir el Eurogrupo y en perfecta sintonía con sus compañeras de reparto. Como esa sintonía del grupo suena a música celestial a oídos españoles, dejémoslas trabajar. Y apoyémoslas ante el acoso de hombres que, como el holandés de derechas Mark Rutter o el sueco de izquierdas Stefan Löfven, quieren abortar las medidas que tejen manos femeninas.

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