Egipto se siente acorralado. El régimen del general Abdelfatah El-Sisi tiene preocupaciones al sur y al oeste. Al sur, Etiopía ha terminado ya una presa gigante en el Nilo Azul y cuenta con empezar a llenarla el mes que viene. Esto le permitirá triplicar su producción eléctrica, pero, al mismo tiempo, podría reducir en hasta un 20 por ciento el flujo de agua a Egipto Nilo abajo, lo que quizás acabe con una tercera parte de la agricultura egipcia. Una auténtica tragedia. Se ha repetido mucho que las guerras del futuro serán por el agua. Esta podría ser la primera.

Al oeste, a Egipto le preocupa la evolución de la guerra civil en Libia. Cuando ya parecía que su aliado en ese conflicto, el general laico Jalifa Haftar, estaba a punto de conquistar todo el país, la intervención de Turquía —rival de Egipto— ha cambiado las tornas. Ahora es el Gobierno del Acuerdo Nacional —un nombre rimbombante para una confusa federación de guerrillas islamistas y yihadistas— quien tiene al general Haftar atrapado en el litoral central del país, en Sirte, una ciudad con resonancias poco halagüeñas —allí fue capturado y linchado en forma horrenda el dictador Muamar el Gadafi—. Egipto no quiere que el Gobierno del Acuerdo Nacional controle el petróleo del centro de Libia y menos aún la frontera entre los dos países. No quiere, porque estos islamistas libios son aliados de los islamistas egipcios a los que el actual régimen de El-Sisi echó del poder por medio de un golpe de estado. Como en el caso de la presa de Etiopía, el general El-Sisi ha dicho que El Cairo no lo tolerará, y que está dispuesto a llegar incluso a la guerra.

¿Cómo de probables son ambas guerras? El Ejército egipcio tiene un nutrido historial de derrotas humillantes en el extranjero, así que es reticente a aventuras exteriores. Una intervención terrestre, e incluso aérea, contra Etiopía no es factible, porque los dos países no son contiguos. Sudán está por medio, y espera beneficiarse también de la presa etíope. La única opción para Egipto sería un bombardeo puntual sobre la presa desde la Península Arábiga, lo que requeriría la complicidad de Arabia Saudí. Es cierto que los saudíes son aliados de Egipto, y que últimamente su política exterior es la imprudencia, pero una agresión internacional como esta podría ser demasiado incluso para ellos. Como mucho, Egipto podría utilizar esta amenaza para presionar a Etiopía de forma que negocie algún tipo de límite en su uso del agua del Nilo. En cuanto a la invasión de Libia, también es dificultosa tácticamente, e igualmente requeriría del apoyo, en este caso económico, de Arabia Saudí. De nuevo, se dan las condiciones para una negociación, porque todos tienen demasiado que perder.

Esta es la cuestión: existe ahora mismo una guerra fría en Oriente Medio y el Norte de África. De un lado, están Turquía, Catar y sus aliados islamistas más o menos radicales. De otro lado, están Egipto, Arabia Saudí y Emiratos. Es un conflicto que se libra de forma interpuesta en Siria, Libia y otros lugares. Si vale la experiencia de la otra guerra fría, la del siglo XX, los contendientes harán lo posible para evitar la confrontación directa. Pero si algo enseña la experiencia es que, en política internacional, la experiencia no enseña gran cosa.

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Egipto amenaza con dos guerras simultáneas