La reactivación del turismo


Mis parientes, pareja y tres hijos, telefonearon a la casa de turismo rural para reservar alojamiento en julio. La amabilidad inicial de la dueña del establecimiento dio paso a un incómodo silencio al enterarse de que la llamada procedía de Madrid. Solo reaccionó cuando sus futuros huéspedes le recordaron que eran los mismos del año pasado. «No hay problema», dijo entonces.

La anécdota ilustra sobre la enorme dificultad que supone reactivar el turismo en tiempos de pandemia. Se trata de una actividad especialmente sensible al virus, que ataca simultáneamente a oferta y demanda. El turismo, que aporta riqueza y empleo, significa movilidad e intercambio. El virus, que solo aporta muerte y calamidades, necesita movilidad e intercambio para extenderse. Ambos comparten asiento en el avión o camarote en el crucero. En tal tesitura, para cortar el paso al pasajero indeseable tuvimos que cancelar vuelos, cerrar fronteras y recluirnos en casa. Prohibir el turismo interior y exterior.

Superado lo peor, en vísperas de la apertura de fronteras y de la recuperación de la movilidad, el Gobierno presentó ayer el plan de impulso del sector turístico. El pistoletazo que anuncia el comienzo de la reactivación de un pilar básico de la economía española. Intuyo que la recuperación será lenta. Tal vez el turismo, con una demanda especialmente sensible a la seguridad, sea uno de los últimos sectores que levante cabeza.

Porque la oferta sigue en pie. El patrimonio histórico, la playa o la montaña, que el año pasado atrajeron a casi 84 millones de turistas extranjeros, no han desaparecido. El Museo del Prado, la Giralda o la catedral de Santiago no han sido devoradas por el virus. También siguen ahí las 83.000 empresas del sector que buscaron oxígeno en el ICO para resistir. Y más de un millón de trabajadores de 147.000 negocios que hibernan en los ERTE. Todos deseosos de reanudar su trabajo y de recibir clientes... aunque vengan de Madrid.

Más difícil será la recuperación de la demanda. El turista tiene especial aversión al riesgo. Viaja para conocer mundo y divertirse, pero también para relajarse, echarse a la bartola y desconectar de sus problemas cotidianos. Saber que el virus sigue circulando y que se producen rebrotes lo disuade de emprender viaje. Si lo asalta la duda, quizá opte por visitar telemáticamente el duomo de Florencia o los fiordos noruegos, desde el salón de casa y con cerveza y mando a distancia en la mano.

El plan del Gobierno consiste en arrancarlos del sofá. Considera que el mercado doméstico será el primero en recuperarse, pero desconozco la base de tal previsión, porque ni los españoles se proponen viajar este año -dos de cada tres descartan irse de vacaciones, según el CIS- ni el plan establece incentivos para promover el turismo interior. Sí señaliza, por el contrario, la única vía posible para atraer extranjeros en tiempos de coronavirus: ofrecer seguridad. Vender la marca España, ya no como vasija de tesoros artísticos y paisajes de ensueño, sino simplemente como destino seguro.

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