Solo

Abel Veiga

OPINIÓN

03 jun 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

No, no quiero referirme ahora a la estructura de esta palabra. Si la misma es adjetivo o es adverbio. Quiero escapar de ese encorsetamiento y buscar el nuevo, el de la paradigmática verborrea displicente y vacua de los comunicadores oficiales. Emplean el solo. Pero ¿saben ustedes en qué? Sí, ¿en qué? Vuelvan la memoria hacia atrás. Cualquier comparecencia pública de quiénes a diario nos ofrecen y nos dan números de muertes, contagios, en la fría estadística incontable en sí misma e insensible en su inmanencia de muertes, enfermos, curados. Se escucha «ayer solo 37 fallecidos», y es ese solo, ese solamente solitario en un soliloquio imperceptible y anestesiado -como los duelos y los lutos repentinos oficiales y públicos que de nada sirven, porque el luto se lleva, se siente, se vive interiormente, sin necesidad de exteriorizar miradas afligidas y la vacío interior de uno mismo igual de vacuo y estéril como a la pose de una foto oficial enlutada de crespones y ropajes aterciopeladamente negros-, el que sin embargo nos golpea, nos zarandea y aflige.

Sí, solo, qué insípido en sí mismo, qué indoblegable por sí mismos. Solo han muerto, ¿pero qué queremos decir cuando aseveramos tal expresión?, es que para que el solo se magnifique, se amplifique ¿necesita aumentarse exponencialmente y ser 43.000 o 300.000 como dice el presidente del Gobierno que son las vidas que se han salvado gracias al confinamiento? De donde están saliendo todas y cada una de las cifras. No me vale. Ya no es creíble. Solo una lo es, la del número con que cada padre, cada hijo, cada esposa, cada nieto, cada abuelo ha recibido la llamada más triste y dramática, la del ser querido que ha muerto. Ese número, porque la vida, hemos querido que sea un número, un DNI, un pasaporte, un expediente, una solicitud, un certificado, hoy un algoritmo, un dato, un bit, un código QR. Porque todo acaba siendo un número, pero la persona trasciende a ello, debe hacerlo, aunque lo olvidamos por el camino. Lástima de nosotros mismos, que nos dejamos encasillar en la magia de las cifras, de los números, en la aleatoriedad más antialeatoria de una suma. De una agregación.

Y ese solo nos rompe, nos abate si somos capaces de reducir a la mínima expresión relativa su significante. Solo han muerto…, este día, esta semana, este mes, este año… Y la música sigue sonando, soniquete estrambótico, como el ruido que ya solo emiten los políticos en el parlamento del lodo, del fango argumentativo, del insulto procaz, del vacío inmenso en que sus señorías salen a la caza y al acoso y derribo del adversario, o de la democracia mal entendida. lástima porque el espectáculo es bochornoso. Pero todo sigue siendo un número, un numero de votos, un número de leyes, un número para rellenar las miles de estadísticas o los miles de millones de Bruselas con letra pequeña que nadie querrá leer sin embargo.

Un número, como los que se colocaban en el suelo al pie de cada féretro en el Palacio de Hielo de Madrid. Un número como el que llevaba cada féretro de un aparcamiento de una funeraria de Barcelona. Un número para saber que Madrid y Barcelona estuvieron en la desgracia más unido que lo que dicen y repiten sus mediocres políticos. Un número. Pero ese solo todavía nos sigue hiriendo, matando, rompiendo. Porque no eran solo una cifra. Eran personas. Únicas, irrepetibles, mágicas. Especiales para cada familiar y amigo. Y no solo eran eso. Eran algo más que ese solo.