Nuestros bares


En Londres quedan pubs que calculan su vida por siglos y que lo han visto casi todo. En su larga lista de imprevistos y penalidades tendrán que incluir ahora el coronavirus. Cuentan que Charles Dickens decía que The Grapes, un establecimiento a orillas del Támesis que le servía de inspiración, iba sobreviviendo a sus clientes porque parecía que siempre estaba a punto de tirarse al agua pero nunca se decidía. Una de esas falacias consumidas en España como si fuera una ley es que cualquiera puede montar un bar o sacar adelante una cafetería. Que es algo así como decir que todo el mundo está capacitado para hacer una tortilla de patatas sin asumir que el abanico de los posibles resultados va desde el hormigón armado hasta la mejor tortilla de Betanzos. Con los bares sucede lo mismo. Que parezca sencillo no significa que lo sea. Ni prosperar, ni reabrir ahora. La vicepresidenta Ribera dijo que «el que no se sienta cómodo, que no abra». Así de simple. Nadie se siente cómodo en una actividad que en muchos casos va más allá de servir una caña. En los municipios más rurales los bares son el lugar de encuentro, el punto de cruz necesario de un bordado en el que participan también el centro médico, la farmacia, el banco y la iglesia. En las ciudades muchos locales son la medida del momento que vivimos. Se agitan con los goles decisivos. Se quedan en silencio ante las grandes tragedias. Se prestan al vocerío cuando la política se embarra. Y brindan pequeños grandes placeres de esta vida. El primer sorbo de cerveza en un día de verano. El calor de la taza de café en invierno. Leer La Voz por la mañana. Refugiarse de la lluvia por la tarde. Esas pizcas de rutina que ahora reconocemos como la sal de la vida.

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