Qué difícil debe ser ser policía en estos tiempos. Patrullar una playa y averiguar quién se baña por gusto y quién se zambulle por deporte; quién disfruta o sufre, vamos. Puede que la cosa resida en la intensidad de la brazada, o en el número de metros recorridos, o en el chapoteo de la patada. Qué complicado averiguar quién pasea por la orilla por decreto y quién se recuesta con cierto abandono, con esa dejadez pre-covid de la que ahora pende siempre la amenaza de una multa. Detectar a quien solo toma el sol y comunica en sus hechuras una manifestación aunque sea sutil de algo parecido al placer, sin ningún objetivo más que estar. O ser.

Qué difícil escrutar las intenciones reales de la gente, ese proceso íntimo y esencial sobre el que ahora nos pregunta el policía: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, se expande el universo, es cóncavo o convexo... somos Siniestro Total.

Lo mejor de la vida solía llegar improvisado. Lo peor de ahora, moverse por objetivos y motivos. Salgo a trabajar a la hora de trabajar; a correr, a la de correr; al pan, a la del pan. Organizar comidas con numerus clausus, y decirle al número once que ya no puede venir. El diez es la nueva unidad de medida de los amigos. Casi mejor tener menos para no andar eligiendo. El covid se ha cargado el porque sí. Salir de casa porque sí, besar porque sí, juntarse muchos porque sí, ir a la playa porque sí, coger el coche porque sí. Qué extraño ir a la playa con cita previa y balizados. Sonreír detras de una mascarilla verde. Reparar en que hasta las provincias tienen fronteras. Y sobre todo: tener que usar códigos QR.

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Porque sí