Comparaciones arriesgadas


Las comparaciones son peligrosas y no siempre contemplan los matices que hacen a unas cosas distintas de las otras. Desde que comenzó la pandemia de coronavirus, las metáforas bélicas han sido las más repetidas, en un intento por teñir de barniz épico, equiparable a una guerra, una lucha que nos ha hecho sentir más pequeños que nunca. Hay muchas figuras retóricas que se usan para pesar y medir la tragedia y darle forma humana a la letanía del recuento de muertos. Otra de ellas es la del accidente aéreo. Es como si cayese un avión a diario, nos recuerdan todavía para evocar el sobresalto que producen las catástrofes con cientos de víctimas. En ese intento de darle dimensión exacta a la estadística, Pablo Motos aseguró hace poco: «Estamos todos los días ante un 11-M». Aunque atinado en la cifra, el símil removió a la asociación de afectados por este atentado terrorista, que se quejaron porque cada desgracia es única, con sus causas y circunstancias intransferibles.

En ese afán por buscar semejanzas a un episodio sin precedentes, Ana Rosa Quintana armó un revuelo este lunes al equiparar al coronavirus con «el sida». No por cambiarle el nombre al VIH, sino por sostener que el virus de inmunodeficiencia humana tampoco tiene vacuna y convivimos con él. Si la vía de transmisión del coronavirus fuese la misma que la del VIH toda esta historia habría sido bien distinta.

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