El coronavirus y la inmunidad


Después del brote que empezó a principios de año, estamos entrando en una fase nueva de la pandemia de covid-19 que ha desestabilizado nuestras vidas. En el sur de Europa se ha conseguido controlar ya la escalada inicial, que en algunos momentos ha llevado nuestro sistema sanitario al borde del colapso, y la famosa curva de contagios por fin está empezando un suave descenso. No hay duda de que esto es consecuencia directa de las medidas de confinamiento y distanciamiento social que se han aplicado con severidad estas últimas semanas en muchos países. En este sentido, hay que felicitar a todos los ciudadanos por su contribución a mantener el cortafuegos que ha impedido que el virus siguiera propagándose a toda velocidad. Sin poder disponer aún de fármacos para frenarlo, esta era la única arma que teníamos a nuestro alcance.

Pero ahora los retos son diferentes. El principal es continuar siendo prudentes mientras conseguimos la ansiada inmunidad de grupo o, dicho de otra manera, un porcentaje mínimo de población que sea resistente al virus. La vacuna es el camino más rápido y seguro hacia esta inmunidad, como demuestra que en el pasado hayamos conseguido controlar así enfermedades como la poliomielitis o la viruela. Pero un programa de vacunación generalizado contra el covid-19 aún tardará, probablemente hasta el año que viene. La segunda vía es la inmunidad que adquieren de forma natural los que ya han pasado la enfermedad, gracias a los anticuerpos que producen. Y aquí empiezan los problemas.

A pesar de que el covid-19 es muy contagioso, estudios recientes parecen indicar que hay mucha menos gente resistente al virus de lo que cabría esperar a partir del número estimado de afectados. Se barajan cifras del 5 %, cuando esperábamos que serían más cercanas al 20 %. Esto podría indicar que, en algunas personas, el virus no provoca una reacción suficientemente fuerte como para proporcionar una protección duradera. Esto cuadraría con los informes que hablan de pacientes que se han reinfectado con el SARS-CoV-2, algo que no tendría que pasar si la primera vez que se entra en contacto con el virus el cuerpo fabrica suficientes anticuerpos. Si la reacción inmune no es muy buena, esto podría complicar la efectividad de la vacuna, que se basa en fomentar una respuesta, usando pedazos de virus, que también genere anticuerpos protectores.

¿Debemos preocuparnos ante estos datos? De momento, no. Son parte de las muchas incógnitas que aún rodean este nuevo virus. A lo largo de los próximos meses seguramente las iremos despejando. Es cierto que aún no entendemos bien qué tipo de inmunidad genera el virus, pero todo hace pensar que, a pesar de esto, encontraremos una vacuna efectiva. Por lo menos los primeros experimentos son esperanzadores. Además, parece que el virus es bastante estable: muta muy poco, a diferencia, por ejemplo, del de la gripe (que cada año es un poco distinto) o el del sida (que cambia constantemente). Esta es la situación ideal para encontrar una vacuna que nos proteja durante años. Esperemos que sea así.

La inmunidad es la clave para superar la crisis: si una parte importante de los ciudadanos aún se puede infectar, el riesgo de un nuevo brote que reavive las brasas de la pandemia es altísimo. Por eso, mientras la vacuna no llegue, es importante que tengamos bien presente que aún nos quedan muchos meses para recuperar la ansiada normalidad. Ante todo, actuemos con sentido común y evitemos pensar que la pandemia está dando los últimos coletazos.

Por Salvador Macip Médico e investigador de la Universidad de Leicester y de la Universitat Oberta de Catalunya. Autor de «Las grandes epidemias modernas»

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