Las mentiras como verdades


Llueve detrás de los cristales, como en la canción de Serrat. Vino un domingo de sol para desescalar, pero la tormenta descargó su castigo para que no cunda el optimismo. No vaya a ser que le cojamos gusto a la primavera y nos lancemos a gozar del placer de respirar aire puro a la sombra de los árboles y su nuevo ropaje. Mucha gente aún sale a la calle como si en el tejado de enfrente estuviese apostado un francotirador dispuesto a asestarle un tiro en la sien. Y hay quien mira al otro, a cualquier otro, como a un sospechoso o un infiltrado. El miedo nos degrada y nos deshumaniza. Mejor sería lanzarse a la búsqueda de las sonrisas perdidas, pero la mayoría lleva la boca tapada con mascarillas. Alguien afirmó estos días que este virus nos enferma de soledad. Esa que desangra el corazón de nuestros mayores, solos y atormentados por el olvido. No, no parece estar el viento aún propicio para lanzar las campanas al vuelo. Ya decían desde la ONU que nadie estará a salvo hasta que lo estemos todos, y para eso parece faltar mucho. O atinan en la diana o aún quedan unas cuantas lunas de sufrimiento. Aunque ese todos ha dejado de tener sentido por momentos mientras continúe la guerra de púlpitos para ver quién, al final, coloca su bandera sobre el edificio derruido. Cansa verlos solo preocupados de mantenerse en la balsa salvavidas sin importarle las consecuencias del naufragio colectivo. Bronca va, bronca viene. Error sube, error baja. Desgraciadamente no parece haber cambiado nada desde que el inglés George Orwell escribió aquello de que «el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen como verdades». Y va y cada uno cree lo que quiere, o lo que le conviene.

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