«Esto»


Puse uno de esos programas matinales de televisión para ver qué se contaban en el mundo de la sensiblería y el escándalo. Nada nuevo, y eso que han pasado años. Había alguien, una mujer que debe ser muy famosa por algo que se me escapa, asegurándonos que «sacaremos algo bueno de esto». No hace falta aclarar lo que es «esto», porque ahora no hay otra cosa, no hay «aquello» ni «eso otro». Se dice que los periodistas españoles no repreguntan. Este era el momento de empezar con esa costumbre. ¿Qué es, exactamente, lo que sacaremos de bueno? Las crisis económicas están mal vistas, hay una razón muy poderosa por la que la gente no espera ilusionada la temporada de la gripe y otra que explica que los delincuentes hagan lo posible para que no les encierren en una cárcel. Como decía alguien que no recuerdo, «como fuera de casa no se está en ningún sitio». Todo esto nos da la pista de que lo bueno, lo de verdad bueno, es no estar enfermo, poder salir de casa cuando uno quiera y que el PIB suba en vez de bajar.

Luego puse la radio y había alguien, un comercial de una empresa de ordenadores camuflado como experto en gestión, diciendo que «esto» nos acostumbrará al teletrabajo. No se molestó en argumentar por qué eso sería bueno. Yo, por ejemplo, creo que no lo es, y me parece que cada vez más gente empieza a pensar lo mismo. El teletrabajo es posible desde hace bastantes años, pero había una razón, también poderosa, por la que no se generalizaba, aunque no todo el mundo fuese consciente de ella. Es esta: salvo excepciones, es peor que trabajar en un lugar acondicionado expresamente para esa función, entre otros motivos. Ahora habrá más gente que haya visto cuáles, después de pasarse semanas tratando de hacerse entender en la conversación metálica de una videoconferencia, entre cortes repentinos de wifi, con esa voz que suena como si uno hablase desde su cuarto de baño y con la calidad de imagen del vídeo de un secuestrado de al-Qaida.

Sospecho que esta epifanía no se reducirá al ámbito laboral. Los que en los últimos tiempos se habían hecho adictos a las series de televisión, por ejemplo, habrán tenido tiempo de sufrir un empacho de ficción. Hay un punto a partir del cual la mente ya no puede procesar más crímenes sádicos, ni retener más nombres extravagantes de un mundo de fantasía pseudomedieval, ni distinguir entre docenas de mujeres fuertes que se abren paso en un mundo de hombres invariablemente porcinos, ni registrar más historias de nazis o de la familia real británica hasta el quinto grado de parentesco.

De creer que «esto» nos traerá algo bueno, mi tentación sería pensar que podría ser que, una vez que los niños hayan completado su ejercicio de memorización de Frozen 2, los adultos nos hayamos saturado de las redes y el plasma, y los empleados hayan comprendido que trabajar en pijama es tan incomodo como lo sería dormir con traje y corbata, el hartazgo de la hipertecnología nos inspirase el deseo de vivir una vida más off-line. Pero ni siquiera creo que vaya a ser así. Porque una de las paradojas del ser humano es que cuando experimenta la realidad siente que le falta algo.

Así que no, no creo que vayamos a sacar nada bueno de «esto». De lo malo puede salir algo útil -la desconfianza, el escarmiento, la prudencia- pero no algo bueno. Lo único bueno será que «esto» se acabe. Y ni siquiera bastará, porque a diferencia de lo bueno, que es un gas, el mal es un sólido que solo desaparece mediante una lenta erosión, y deja restos.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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