Cien días de error y desconcierto


Para analizar los cien días del Gobierno Sánchez vamos a partir de tres principios apodícticos: que todos los gobiernos, por buenos que sean, y por holgada que sea su mayoría, se equivocan bastante; que los ciudadanos no necesitamos esos errores para criticarlos, ya que, si no tenemos fallos a mano, criticamos los aciertos como si fuesen machadas; y que en España tenemos un especial apego a renegar de los momentos mejores de nuestra historia, por lo que cabe suponer que Sánchez -que solo hace lo que le aconseja su técnico Iván Redondo- saldría mal parado, en cualquier caso, de este balance, aunque Iglesias se hubiese tapado la boca con esparadrapo, y aunque, en vez de coronavirus, estuviésemos creciendo al 4 %.

El invento de los cien días no se hizo para alabar al Gobierno, sino para molerlo a palos. Y por eso me parece de mal gusto aprovechar las chapuzas e incertezas de los últimos cincuenta días para añadirle acidez al balance de los cien. Así que, en vez de referirme a la coyuntura actual, que tiene mucho de mala suerte, voy a analizar los elementos estructurales del Gobierno Sánchez, ya que en ellos está la clave de su fracaso, y la grave incertidumbre que amenaza el futuro.

Sánchez no es un presidente ilegítimo, ya que accedió al poder por vías legales. Pero es un presidente con complejo de ilegitimidad -así lo decía Ferrero-, porque sabe, mejor que nadie, que los hechos y maniobras que le permitieron acceder a la Moncloa son los mismos que le impiden gobernar. Y es ese complejo de ilegitimidad -habla de nuevo Ferrero- el que engendra el frentismo radical que esteriliza nuestro tiempo, ya que, al no fiarse de los que le pusieron en la Moncloa, ni de los que no lo pusieron, se ve obligado a atacar a los que le ayudan a gobernar esta crisis -al PP sobre todo-, mientras chalanea con UP, que lastra su legitimidad desde dentro, y con los que solo están esperando el momento oportuno -ERC, Bildu, PNV y demás socios- para hacerlo caer. Sobre esta triste situación pesa también la formación de un Gobierno enorme y deslavazado, de estructura competencial confusa, que complica lo sencillo, e imposibilita lo complicado. Un Gobierno bifásico, y aquejado de una garrafal inexperiencia, cuyos nombres fueron seleccionados por motivos que nada tienen que ver con su competencia.

Pero, por más grave que esto parezca, no tengo ninguna duda de que lo que mantiene a Sánchez atenazado es su complejo de ilegitimidad, una enfermedad política incurable que lo convierte en una trágica parodia del asno de Buridán, aquel que, situado entre dos montones de alfalfa -la traidora coalición que lo invistió, y la oposición que lo considera un peligro para España-, no se atreve a comer de ninguno, porque su indecisión instintiva le inhabilita para optar inteligentemente por un solo modelo de supervivencia. Por eso puede decirse que su balance de los cien días, antes de ser pobrísimo, pone en evidencia su radical incapacidad para gobernar España. Ese es su problema… ¡y el de todos!

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