La sonrisa de los abuelos

María José López Caldeiro LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

Vivimos tiempos difíciles y lo que nos espera no será un camino de rosas. Ellos tampoco lo tuvieron fácil. Los de su generación vivieron mil penurias. Nacieron rodeados de escasez y ¡en cuántos casos! de pobreza. Muchos quedaron huérfanos siendo pequeños y otros se vieron privados de sus madres, que iban a amamantar niños ajenos por ganar un mísero sueldo. Jugaban a cuidar a sus hermanos pequeños o a los abuelos. Las labores del campo o las de casa tampoco les fueron desconocidas: un par de manos, aunque chiquititas, siempre eran necesarias. Los pájaros de la adolescencia se esfumaron cuando estalló la guerra y tocó estar en un frente o en otro frente, no hubo opción. Tampoco la hubo para las mujeres, que tuvieron que hacerse cargo de viejos y niños, de ganado y tierra; cuidando de estos para poder alimentar a aquellos. Vivieron el final de la guerra sabiendo que lo que les esperaba no sería fácil. Y no lo fue. Trabajaron y lucharon por sacar adelante a sus hijos. Con ellos rieron cuando había motivos para celebrar. Con ellos lloraron cuando uno de los suyos faltó antes de tiempo. Pero les enseñaron bien que la vida no era fácil, que había que esforzarse para conseguir lo que se quiere, que no hay recompensa sin sacrificio previo, que la vida, en fin, no regala nada, y a veces quita lo que con tanto esfuerzo se ha logrado. Las siguientes generaciones oyeron hablar de sacrificio, de esfuerzo, de trabajo duro, pero ya era distinto, aquello quedaba lejos. Estudio, trabajo, pero con comodidades.

Todo cambiaba deprisa, muy deprisa. Tanto que a veces me pregunto cómo hemos sido capaces de adaptarnos a tantas nuevas formas de comunicación, tantos nuevos modos de vida, infinidad de cosas nuevas. Cuando logras aprender y entender, ya ha cambiado y vuelta a empezar. Y nos hemos sentido muy importantes por haber sido capaces progresar, y de procesar tanto y tanto. Nos hemos sentido muy seguros con nuestras comodidades y nuestros adelantos. Como en una burbuja protectora en la que no nos falta nada. Tenemos comunicación instantánea con quien sea, donde quiera que esté. Conseguimos el capricho del momento en casa y en pocas horas, si es que no nos apetece salir a socializar un poco. Podemos comer lo que nos apetezca, moviéndonos o sin movernos del sofá. No hacen falta más ejemplos. Pero han venido mal dadas y ahora toca y tocará sacrificarnos. Mucho, mucho más de lo que hasta hace nada hubiéramos imaginado. Pero miremos la imagen de esos dos abuelos, los abuelos de cualquiera de nosotros. A pesar de todo, sonríen. Se cogen de la mano y sonríen.