El virus viajero

Alfonso Villagómez Cebrián CLICHÉ

OPINIÓN

CAPOTILLO

Alos pocos días de que se tomarán por las autoridades las primeras medidas contra el coronavirus, en la costa gallega se vivieron escenas de rechazo a los visitantes que venían de Madrid. Una buena amiga me envió un alarmante mensaje desde Sanxenxo, «van a echar a los madrileños», me decía; y seguidamente constató en la información de La Voz de Galicia esa desconcertante realidad. Una leyenda urbana, esta la de que el virus lo trajeron los viajeros madrileños, que sigue presente en el imaginario colectivo como se contaba en este mismo medio de comunicación.

No, amables lectores. La maldita enfermedad COVID-19 no salió en viaje hacia Galicia desde la capital de España a modo de regalo envenenado que traían a nuestra costa los accidentales turistas madrileños, que solo buscaban una bocanada del aire puro en nuestras rías.

Hay injusticias que, desde la fácil imputación a otros de lo que nos pasa a todos, terminan por convertirse en una falsa creencia, pero una convicción falsaria cargada de un potente mensaje transmitido de boca a oreja. De Madrid lo que viene todos los veranos es un turismo fiel que encuentra en las playas de Galicia el lugar más maravilloso del mundo para pasar las vacaciones, y, naturalmente, dejando a hosteleros, cafeterías, restaurantes, tiendas y supermercados una buena inyección de euros. «Madrid es una ciudad de más un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)», versó Dámaso Alonso hace muchos años, y sigue siendo hoy una muy difícil urbe, herida de muerte por la pandemia, pero que al igual que A Coruña o Vigo van a resucitar muy pronto de las cenizas víricas para lanzarse sus habitantes a la calle de la vida, con renovadas ganas de progresar desde la solidaridad que nos deja como legado esta trágica experiencia.

La comprensión exacta del origen y expansión del maldito virus es el primer requisito para la organización social de nuestra felicidad.