El miedo como aliado


Sentir miedo es esperable ante una crisis sanitaria como la que nos está atravesando. La complejidad y la novedad de la situación, así como los vertiginosos cambios que se van sucediendo día a día, mueven el temor en nuestro cuerpo. Todas las emociones son útiles. El miedo, por ejemplo, nos protege del peligro y nos informa de la presencia de amenazas que pueden hacer que perdamos aquello que valoramos. El miedo paraliza, evitando que nos precipitemos al riesgo. Sin embargo, es tan peligroso no atender a las propias emociones como permitir que sean nuestra única guía, igual que es negligente no atender a los pilotos de un coche, pero un peligro conducir atendiendo únicamente a estos. Cuando alguien en la consulta de psicología clínica nos pide ayuda ante el miedo, la prescripción habitual es que se enfrente a él. Sin embargo, hay ocasiones en las que los objetos que provocan miedo son verdaderamente peligrosos y el afrontamiento ha de ser indirecto. A veces, la distracción es útil. También la compañía. Quizá es un buen momento para abrir esa novela que amarillea en un estante o para volver a utilizar el teléfono para hacer llamadas a los amigos. Quizá es el momento de volver a cantar y de bailar en casa.

Pero el mayor peligro del miedo es dejar que se vuelva sobre sí mismo y nos encierre. Evitar infectarse de coronavirus, como tarea, es inabarcable y, como con frecuencia ocurre con las tareas imposibles, genera angustia. Sin embargo, podemos preocuparnos de tareas más asequibles que evitar el propio contagio. Intentar no contagiar a los demás está en nuestras manos: es difícil, pero al menos sabemos cómo hacerlo: salir de casa lo imprescindible, evitar las aglomeraciones, cuidar la higiene de manos y el resto de recomendaciones que parten de las autoridades sanitarias.

Cuando todo pase, será el momento de pedir cuentas, de evaluar la eficacia y la oportunidad de las medidas tomadas, de exigir mayores inversiones en la sanidad pública si los recursos actuales resultan insuficientes.

No obstante, de momento, tendremos que convivir con el miedo. Y para que esta convivencia sea llevadera, el mejor camino es intentar ofrecer a los demás la mejor versión de nosotros mismos y preocuparnos de aportar lo nuestro en la tarea de mitigar la epidemia. En resumen: no tengas miedo de contagiarte, preocúpate de no contagiar a los demás. Por nuestra parte, que no quede.

Por Carlos José Losada López Psicólogo clínico. Sección de Psicoloxía e Saúde del Colexio de Psicoloxía de Galicia

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