«Io resto a casa»


me quedo en casa es el eslogan de la campaña que el Gobierno italiano ha desarrollado para combatir el COVID- 19, el quinto jinete del apocalipsis, la pandemia que desbocada recorre el mundo. Mi amada Italia es un país clausurado, con sus ciudadanos en arresto domiciliario, con la economía nacional en quiebra, asustado y sorprendido, sin capacidad para ver luz al final de este túnel que llegó cuando se anunciaba la primavera.

Mi admirado Paolo Sorrentino, director de películas como La gran belleza, junto con un puñado de artistas fue el encargado de difundir el mensaje a través de radios y televisiones, a la vez que recomendaba libros y temas musicales para ir capeando el temporal desde los hogares.

Todos en casa para poner barreras físicas al virus acechante, que no llamará a la puerta de tu casa como si de una pareja de mormones o testigos de Jehová se tratara. Los mayores de 60 años están en el centro de la diana; son, somos, los considerados mayores que el virus cerca implacable, aunque nadie es ajeno a la octava plaga bíblica que vino por el aire a corromper la vida, trayendo la muerte de su mano.

Quedarse en casa, cumplir a rajatabla la cuarentena de 14 días, es levantar un escudo, construir una fortaleza contra ese ejercito invisible y silencioso. Habrá, como en los cuentos infantiles, que pedir al corona virus que enseñe la patita por la gatera antes de franquear la puerta de los hogares.

Italia esta desierta, mis amigos del sur me envían fotografías con las primeras flores que festonean la primavera que llega a Capri, es la esperanza que brota en el corazón herido de un pueblo antiguo, sabio y luminoso. Las calles vacías, los comercios que anuncian la nueva moda de temporada cerrados por prescripción pública, la sanidad al borde del colapso en un país en el que están prohibidas las bodas y los funerales. Italia no sabe muy bien cómo, en estos días de hierro, enterrar a sus muertos.

Y el relato puede ser el que sigamos en España, donde las medidas a tomar tienen mucho que ver con las que adoptaron nuestros hermanos italianos. Estemos muy atentos, porque no existe nada peor que la pérdida de la serenidad, nada hay más allá del miedo aun en su forma más extrema que es el pánico.

Io resto a casa, me quedo en casa, y navegaré en las páginas de los libros que aun no he leído, y buscaré en mi plataforma musical un disco de Mina, que escucharé como homenaje de afecto solidario con Italia. Me quedo en casa.

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