Muerto Franco, los españoles acertamos a apuntalar y fortalecer unas bases de entendimiento, de concordia y de juego limpio que engrandecieron la democracia que disfrutamos desde entonces. Hubo dificultades, es cierto, pero ninguna se convirtió en un verdadero peligro: ni el 23-F, ni el terrorismo, ni otros hechos adversos. La realidad era que los españoles confiábamos en el vigor de la democracia y no concebíamos una marcha atrás. Políticos de todos los signos, como Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Adolfo Suárez, Felipe González y un larguísimo etcétera estuvieron a la altura de la compleja circunstancia de la Transición democrática. Porque entonces ya estaba claro que queríamos entendernos. Y conviene recordarlo ahora que tanto nos desentendemos.

Una vieja anécdota puede ilustrarnos todavía hoy sobre lo sucedido. Un día de 1977, el viejo profesor Enrique Tierno Galván le preguntó a Santiago Carrillo en el Congreso de los Diputados si aceptaba que le presentase a Fraga. Carrillo dijo que sí, y Fraga y él se saludaron civilizadamente. (lo que no sabía Tierno es que Fraga y Carrillo ya habían intercambiado algunos mensajes antes). Pero lo cierto es que así se fraguó entre ambos una «relación cortés», como luego escribiría el propio Carrillo.

Poco después, Fraga presentaba al líder comunista en una conferencia en el Club Siglo XXI, con masiva asistencia de público (entre el cual estuve). Y a partir de ahí hubo otros contactos que culminaron con los Pactos de La Moncloa. Luego, vino el 23-F y la masiva manifestación posterior, y Carrillo les dijo a los jóvenes comunistas de Vallecas que rodeaban la cabecera que cuando llegase Fraga aplaudieran, como habían hecho con los demás líderes, «para dar la imagen de un cierre de filas total frente al golpismo entre izquierda y derecha parlamentaria, pese a que por aquel entonces había en la izquierda poca simpatía por el citado político». Y así siguieron, como fuentes de entendimiento.

Hoy las diferencias entre algunos de nuestros grupos políticos rozan la condición de irreconciliables. Y quizá esto es así porque ahora solo se lucha por el poder y, de paso, si se puede, por la aniquilación del contrario. O así lo parece. ¿Y la concordia?

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Salvar la concordia