La vagina de Gwyneth

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

Gwyneth Paltrow
Gwyneth Paltrow MARIO ANZUONI | Reuters

La humanidad sucumbirá a una gripe. Esa suele ser la advertencia periódica de las autoridades sanitarias cada vez que una crisis epidémica como esta del coronavirus nos recuerda que estamos a merced de bichos que si se caen de la mesa se matan y que solo la ciencia y el conocimiento mantienen a raya. No hace tanto que los antibióticos existen y en apenas cuatro décadas los sabios han conseguido cronificar (en occidente) aquella epidemia que el mundo conoció en una rueda de prensa de Rock Hudson en uno de los más brutales ejercicios de normalización de la homosexualidad. Puede que la edad de oro de la ciencia fuese precisamente aquella, justo antes del advenimiento de Internet y la apertura de este zoco universal en el que hablan quienes saben, pero también chamanes del último día, influencers, youtubeiros y hasta actrices que venden velas que huelen como su vagina. Hace un tiempo que Gwyneth Paltrow se dedica a decir chorradas. Lo del candelabro con el aroma de su entrepierna debería haber sido la prueba definitiva de que la frágil mujercita de Seven se ha pasado al humor chanante. Pero no. La muchacha triunfa estos días en Netflix con una serie denunciada por la sanidad británica por la confusión que genera en asuntos letales. No es que una irrigación de colon o un enema de café te mate ipso facto; es la normalidad con la que esta tramoya de supercherías, fraudes y mentiras está penetrando el sistema con la aprobación de personas que imaginábamos informadas. El Vaticano pelea desde hace tiempo contra la crisis de fe que recorre Europa, pero esa crisis les atañe a ellos porque la nueva religión es esta de los homeópatas e implantadores de manos con cirios con aroma a trompas de Falopio. No hemos ganado mucho.