Siria, los pies en el barro


Con zapatos varias tallas más grandes, sin calcetines y los sucios y desgastados pantalones de chándal arremangados un grupo de chiquillos pisan riendo los charcos de barro que jalonan los caminos entre las tiendas de campaña del improvisado campamento de refugiados donde se encuentran. Es la imagen con la que un canal de noticias inició la información sobre el ataque masivo que, el Gobierno de Bashar al Asad, apoyado por Rusia, está lanzando sobre el último bastión rebelde de Siria: Idlib. Pese al alto al fuego de agosto, Damasco quiere hacerse con el control total del país de una vez por todas y le da absolutamente lo mismo el drama de la última población civil que huye.

Probablemente, las madres de estos niños tengan hijos más pequeños a los que mantener calientes dentro de las precarias tiendas. Seguramente están ocupadas esperando en largas colas para conseguir comida y algo de agua o están más preocupadas por mantener a buen recaudo las escasas pertenencias que han logrado sacar de lo que quedaba de sus hogares que de mantenerlos limpios y secos. Puede que esos niños hayan nacido con la guerra en marcha que pronto cumplirá nueve años y por eso son capaces de disfrutar incluso del desastre que les rodea. Porque los críos necesitan jugar y liberar energía. Necesitan un hogar con paredes y techos donde cobijarse, necesitan comida, necesitan no vivir sobresaltados por los bombardeos y necesitan ir al colegio y aprender. Su carencia es el fracaso de los adultos que los matan en lugar de cuidarlos y protegerlos.

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