Cuatrocientos jóvenes seguían ayer de Nochevieja en una nave de Castellón. Empezaron el día 31 y hasta ayer hace unas horas no fueron capaces de parar, metidos en un bucle sin fin, ajenos al tiempo y al espacio, con las vidas suspendidas y entregadas al chundachunda químico, físico y mental.
La voz de Pedro Sánchez en pleno atracón navideño sonó por la mañana como una bocina que suspendía el chundachunda político de todos estos meses. Antes de, las legislaturas y las elecciones eran certezas, cosas que nacían, crecían y morían con un determinismo aplastante. Los presidentes y los gobiernos pasaban y emitían un tic tac predecible que apenas era necesario seguir por las partituras masivas de los periódicos. Todo eso pasó. La Gran Estafa ha dado paso a una nueva sustancia política con hechuras de rave en la que las pirulas rulan y desdibujan la realidad. Así estuvimos todos estos meses, con el autotune sonando y colas en los baños, con inesperados encuentros y desencuentros carnales y con uno de los chicos de la fiesta saliendo en ambulancia por la puerta de atrás por una sobredosis de ceguera política apabullante que todos veían en la pista excepto él. En el fiestón sin fin han estado también los bocazas faltones que manosean a las señoras, hacen chistacos con los gais y están siempre al borde de liarla, y hasta los depresivos a quienes el exceso de combinados los mete en un lamento cenizo que vislumbra guerras y cataclismos inminentes.
Por eso la voz del Congreso sonó ayer a normalidad, la normalidad de un año que empieza tras una fiesta de fin de año en las catacumbas.