El petirrojo


Me gustaría que este viejo cuento irlandés de Navidad estuviese escrito en gaélico por Ossian, el poeta que nunca existió, inventado por Macpherson y que conmovió a Byron e incluso a Napoleón, pero la tradición oral es poderosa y los relatos se cuentan en las frías noches del otoño cuando la Navidad está al fondo del paisaje.

Soy un profundo admirador de la tradición oral y escrita de la literatura irlandesa desde mi acercamiento al Libro de Leinster, escrito en el siglo XII, o el Libro de Armagh, del siglo IX, escrito en latin y en gaélico, idioma que me fascina tanto como a Borges, por su hermetismo secreto, y que ignoro y desconozco.

La nación hermana de Erín, la tierra de San Patricio, la isla que divisa desde todas sus orillas los fuegos de San Barandán en los mástiles de los veleros que surcan el Atlántico, el país de los que eligieron la mar para huir, para emigrar de la gran hambruna de 1845, me agradó desde siempre.

Acaso por ello traigo aquí el viejo y entrañable cuento del petirrojo que todos los niños irlandeses han escuchado en sus hogares.

Hacía mucho frío aquella noche. El Niño tenía un solo día de vida. El portal, el viejo edificio medio derruido, no tenía puertas, fuera silbaba el viento una melodía de Adviento. María pide ayuda al buey, que estaba dormido, para calentar al Niño que estaba en sus brazos aterido de frío, pero el buey no se despertó.

La Virgen madre recurre a la mula, que estaba cansada y sin fuerzas, ajena a la solicitud materna, y el gallo, que estaba junto a la puerta cantando la llegada al mundo de Jesús, no oyó nada. Fue entonces cuando la Virgen se fijó en un minúsculo nido que estaba en una esquina del portal, e hizo señas al pequeño pájaro que dejaba ver su cabeza. Raudo atendió sus señales y bajó junto a la hoguera, que intentó avivar con sus aleteos. Al no conseguirlo, voló hacia el nido y con el pico fue cogiendo las pequeñas ramas con las que lo había construido, y con ellas avivó el fuego para que el Niño se calentara.

Tanto se acercó que se quemó el pecho y fue entonces cuando la Virgen le puso un nuevo nombre: petirrojo. El paporroibo de Galicia, que lleva una bandera roja en su pecho y navega los aires de todo el mundo.

Y así la leyenda hecha relato va narrándose noche a noche por los hogares irlandeses y hoy la dejo yo en estas páginas y la convierto en mi felicitación navideña, deseándoles a todos ustedes una Nochebuena cordial, mientras el cielo se va llenado de estrellas como cada Navidad.

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