Winston y Rosa


Cuando Rosa López en el año 2002 se presentó, recién salida de Operación triunfo, al Festival de Eurovisión, los fans y los medios de comunicación daban por hecho, en un alarde de subjetividad asombroso, que ganaría el concurso. Luego, tras los saltitos y el bochorno, llegó la frase para la historia pronunciada por una Nina animosa, ante Carlos Lozano, que acusaba de tramposos a los organizadores: «¡Un pedazo de séptimo puesto!».

Con Trump y Johnson pasa lo mismo. Los sensatos analistas políticos, tanto los de los periódicos como los de las barras de los bares o los de la cola de la vacuna de la gripe, han decidido lo que conviene a los británicos y a los americanos, y lo que van a votar. Por eso indigna un poco que después vayan y voten lo que quieran.

Hubo un momento en que se creyó sinceramente que Trump había sido enviado por Yahvé al faraón como una de las ocho plagas de Egipto, pero que llegaba con retraso y al sitio equivocado (y por eso en la Historia Sagrada se habla solo de siete). A Boris Johnson no lo ha enviado Yahvé, pero lo ha venido a ver; cosas de la fe.

El problema de la democracia, del que siempre se han quejado nuestros mayores, es que el voto tiene el mismo valor para todos, para el ingeniero de caminos y para el pastor de cabras, y siempre gana la mayoría, qué barbaridad.

Ahora tenemos que lidiar con que los británicos vuelven al siglo XX, en el que ganaron dos guerras y se pusieron una amapola en la solapa. Y dejaron, en palabras de Churchill, sangre, sudor y lágrimas.

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