Observación de los charcos


Hay muchas señales que anuncian que uno abandona la infancia, y una de ellas es que deja de interesarse por los charcos. De chaval son una tentación constante, una presencia que no pasa nunca desapercibida. El crío los ve a lo lejos, con una visión de lince, y va embalado hacia ellos. Pisarlos con fuerza es el mayor gesto de poder al que tiene acceso, y lo hace a veces con la brutalidad tierna de un dictador inocente. Hay algo en el ruido del agua, en la salpicadura de agua y barro, que resulta transgresor y a la vez atávico, quizá un residuo freudiano del anfibio que fuimos -y que quizá nunca debimos haber dejado de ser-. Si el niño supiese lo que quiere, sabría que lo que en el fondo más desea en este mundo son unas buenas botas. Después crece y se le pasa, y el día menos pensado empieza a saltar por encima de los charcos, luego a esquivarlos y luego acaba por no verlos siquiera, metiendo el pie en ellos solo por accidente.

Yo ya no piso los charcos tampoco -¿dónde va la infancia?-, pero les presto atención, como en general a todo lo que me parece que se expresa mediante un lenguaje. Y un charco siempre dice algo, porque siempre tiene una razón de ser. En el campo, donde es una especie de espejo oscuro que nos devuelve una imagen borrosa y cenagosa de nosotros mismos, el charco es como un animal más, que nace incluso del gesto más nimio. Hasta la tenue pisada de un conejo puede poner en marcha un ciclo de autorreforzamiento que lo hace cada vez más grande. O puede ser el resultado de la contribución colectiva de docenas de ciclistas domingueros. Entre todos, van creando un largo surco que, al llegar a un cruce, se convierte en un gran charco por la erosión de cientos de frenadas -salvo en Gran Bretaña, se los encontrará siempre al lado derecho del camino-. En esa huella, uno puede leer incluso de qué lado del cruce está el pueblo más importante, porque el charco apuntará hacia ahí.

En la ciudad, donde refleja por la noche una luz clara y una imagen nítida, el charco señala con precisión la acera más transitada, la ruta más eficiente en la calzada, la salida de un garaje -igualmente, aquí, el charco, siempre a la derecha-. También los lugares donde los camiones de reparto se detienen con más frecuencia, o donde estuvo apoyada una grúa que hace años que no está, o donde estaba el vado de un paso de cebra que hace tiempo que cambiaron de sitio. Porque el asfalto es como la piel humana, que se dice que tiene memoria, y recuerda cada golpe que ha recibido, desarrollando ahí una herida antes o después. A cada una de estas anomalías el ayuntamiento les pone un parche que soluciona el problema momentáneamente. Pero es una ilusión, porque el mismo acto de reparar un bache sienta las bases para el siguiente, cuando el asfalto de distinto tipo se dilate o se contraiga a un ritmo diferente que en el resto de la calle. Siempre me ha parecido una metáfora escéptica, para tantas cosas de esta vida, esta idea de que el esfuerzo por remediar algo sea, en el fondo, la fuerza secreta que agrava el problema que se quiere solucionar.

Y llega entonces el otoño con su lluvia, para señalar por medio de un charco, con exactitud pedante, cada una de esas costuras que empiezan a romperse, y para colaborar en hacerlas más grandes. Veo uno desde mi ventana, en el mismo lugar donde estaba el año pasado. Pasa un anciano y lo rodea. Pasa un niño y lo aplasta. Cuando el agua se calma, refleja la luz de una farola, como si hubiese una pequeña ciudad sumergida dentro.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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