Mariano Rajoy, el buen gallego


Este lunes está en Santiago de Compostela, donde nació cuando terminaba marzo de 1955. Siempre ha aparentado más edad de la que en realidad tiene y, aun en su adolescencia, parecía el profesor despistado de ojos verdes que sabía de todo y de lo demás. Fue, con Felipe González, el mejor presidente de la España democrática. Al primero lo echaron por la podredumbre de su partido y aquello que llamaron «las cloacas del Estado»; a Rajoy, con la primera moción de censura que triunfó en España: un juez dijo que el PP se había beneficiado como partícipe, a título lucrativo, en Majadahonda y Pozuelo. Y entre Majadahonda y Pozuelo, un don Pedro sin Lope de Vega se cruzó. En nombre de la Constitución y la transparencia, Sánchez gritaba que Rajoy -al que ya había llamado indecente en vivo y en directo- no podía continuar en la Moncloa. Cambió el colchón y se metió dentro. Y no saldrá. Porque los mismos que no creen en la Constitución lo votarán en breve para que continúe su mandato. Una proeza en un hombre que hoy dice una cosa y su contraria sin que nadie se inmute. El mismo que dirige un partido que recientemente ha visto condenados, en el mayor caso de corrupción de la historia de España (lo dicen los noticiarios), a dos expresidentes. Pocos, de uno u otro lado, le llegan a la cintura al bueno de Mariano. Un buen gallego. Y repito bueno con ímpetu. Porque hay que ser pródigo, en bondad y diligencia, para haber caminado el pantano que le dejaron en heredad. 

En su partido reinaba la mugre. Todo causado o consentido por un político siniestro que, como me pasa con Trump o Irene Montero, no quiero ver ni en los telediarios. Salía en la foto de las Azores tan ufano. Y en esa ufanía persevera, José María, para el desdén de toda prudencia. Apago el aparato y me siento mejor cuando su rostro desvaído, siempre enojado, desaparece de la pantalla. Me lo han aprendido los años: si no quieres que te moleste, no lo veas ni lo escuches. Y así lo hago. Es el síndrome del avestruz de un escritor provinciano. Como Rajoy. De provincias también. Llegó a presidente de la Diputación de Pontevedra cuando no tenía ni treinta años. Desde entonces se dedicó a la cosa pública, o sea, a servir al resto. Cuando lo echaron a patadas de moción (el complemento «patadas de moción» es pertinente) España crecía al 3 %. A él se la habían dejado con el PIB al borde de la recesión. También le dejaron cinco millones de personas en desempleo y una deuda pública o un déficit mayor que el que nadie había dejado. Zapatero y su 21,5 % de paro casi supera al 22,8 de González: gobiernos de progreso. Rajoy cumplió con creces, y perdiéndome entre cifras, escribo: cuando injustamente lo censuraron había 1,1 millones de parados menos que cuando llegó a Moncloa y 1,6 millones de cotizantes más. Cifras. Pero en eso no reposa la bondad de Rajoy. Es un hombre afable, culto, hacendoso y sagaz. De esos a los que te gustaría escuchar mantel por medio. Un gallego bueno. En estos tiempos de política de baja estofa, malévola y falaz, la sombra esbelta de Rajoy crece y se prolonga.

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