Jitanjáforas


Cuando Lope de Vega escribió el verso «Piraguamonte, piragua, / piragua, jevizarizagua» se convirtió en uno de los precursores de la jitanjáfora. La definición de esta que da el Diccionario es completa y precisa: «Texto carente de sentido cuyo valor estético se basa en la sonoridad y en el poder evocador de las palabras, reales o inventadas, que lo componen». Textos de este tipo aparecen en obras de grandes escritores, pero fueron considerados todo un género gracias al poeta cubano Mariano Brull (1891-1956).

Como diplomático, Brull vivió en los años veinte del siglo pasado en Madrid, donde frecuentó ambientes literarios en los que participaban poetas como Lorca, Aleixandre y Alberti. Residió después en París. Allí recibió la decisiva influencia de los simbolistas franceses.

El escritor mexicano Alfonso Reyes cuenta de aquella época que en las reuniones en el hogar de los Brull solían declamar las hijas de este. «Un día -dice del poeta- resolvió renovar los géneros manidos. La sorpresa fue enorme y el efecto fue soberano. La mayorcita había aprendido el poema que su padre le preparó para el caso; y aceptando la burla con la inmediata comprensión de la infancia, en vez de volver sobre los machacones versos de párvulos, se puso a gorjear, llena de espejo, este verdadero trino de ave: Filiflama alabe cundre...». El poema seguía: «... ala olalúnea alífera / alveola jitanjáfora / liris salumba salífera. /Olivia óleo olorife / alalai cánfora sandra / milingítara girófora / zumbra ulalindre calandra». «Di desde entonces en llamar las Jitanjáforas a las niñas de Mariano Brull -sigue Reyes-. Y ahora se me ocurre extender el término a todo este género de poema o fórmula verbal».

Así nació la voz jitanjáfora como nombre de este tipo de textos. Brull la había escrito con una g inicial, que cambió por j a sugerencia del propio Reyes. En el Diccionario apareció en el 2001. En un ensayo sobre este género, Reyes divide las jitanjáforas en dos familias: la candorosa y la conscientemente alocada. La primera es la jitanjáfora pura. La segunda es maliciosa e impura.

Entre los autores que han recurrido a jitanjáforas, el más próximo a nosotros es Gonzalo Torrente Ballter, que incluye en La saga/fuga de J. B. un poema que empieza así: «Mátira cóscora látura cal / Torcalirete, Turpolireta, / Lámbita múrcula séxjula ram, / Turpolireta fríndela mu gay». Es la música de las palabras.

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