«Siempre de sombras en pos»


Así andamos, persiguiendo fantasmas. Y, dado que hoy es el día de Fieles Difuntos, que los españoles dedicábamos a la refinada costumbre de darnos un baño de trascendencia viendo Don Juan Tenorio, he titulado este artículo con los versos de Zorrilla: «Mas ya me irrita, por Dios, / el verme siempre burlado, / corriendo desatentado, / siempre de sombras en pos».

Estamos en una campaña electoral que puede no ser la última de esta larga serie de comicios atolondrados. Porque, lejos de contar con un diagnóstico válido, seguimos empeñados en cortar y coser un cuerpo que, antes de iniciar este proceso, no tenía ninguna enfermedad. Soportábamos excesos y resacas. Nos dolía la cabeza y nos ardía el estómago. Pero el cuerpo llevaba años funcionando muy bien, y sin necesidad de amputarle ni injertarle ninguna víscera extraña. Pero por experiencia sabemos que quien empieza a tratar sus arrugas con bisturí nunca puede prescindir del quirófano.

El gran problema que tenemos hoy es el de una ingobernabilidad sobrevenida que se expresa en bloqueos, debilidad jurídica y desorden institucional. De este problema derivan los demás, ya que, si no fuésemos masoquistas, y no disfrutásemos diciendo que este país es basura y no sabe dialogar, estaríamos en un envidiable contexto de crecimiento. Pero ya se sabe que «Dios le da el pan a quien carece de dientes», y que para confirmar tal designio hemos elegido, sin reconocerlo, todos los caminos equivocados.

El error original fue evadirnos de la responsabilidad de la crisis. Negar que la ola que venía de fuera se nos había convertido en un tsunami empujado por la desastrosa situación financiera que afectaba a familias, empresas, bancos y Estado. Y presentarnos ante el ajuste como unos acusadores indignados que necesitaban transferir todas las culpas al sistema (bipartidismo), a los políticos (fuleros y ladrones), a los ricos y empresarios (defraudadores), y a los que habían mantenido sus finanzas equilibradas (privilegiados). Y ¡dicho y hecho! Empezamos a fiarnos de los populistas y los charlatanes de feria; sustituimos a nuestros políticos expertos y bregados por nuestros políticos inexpertos y bisoños; esnaquizamos el sistema de partidos trufándolo de oportunistas, confluencias, supremacistas, identitarios y vendedores de humo; y pusimos en solfa la Constitución, la patria, el sistema político, el Viernes Santo y la Guardia Civil.

Ahora, instalados en la desfeita, seguimos creyendo que, en vez de habernos equivocado al entrar precipitadamente en el quirófano, somos víctimas de nuestros demonios celtibéricos, de una maldición del cielo, y de ocho o diez políticos inútiles que mantienen asediados a cuarenta y siete millones de ciudadanos inteligentes, honrados, buenos contribuyentes, que votan reflexivamente y nunca faltan al trabajo. Y este es el motivo por el que, en vez de volver atrás, comme il faut, vamos otra vez al quirófano, para seguir sajando y amputando a esgalla. El pronóstico es «que Dios nos coja confesados».

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