La momia


La película de la exhumación de la momia ha sido como un avance del Halloween 2019, una performance con final alternativo, una catarsis de emociones atávicas. Todas las cadenas, todas las tertulias, todos los articulistas y políticos han tratado el tema en sesión continua hasta la saturación. Da igual que te importara un pimiento o que no te interesara lo más mínimo; que te doliera la cabeza o que fueras un hooligan antifranquista. El pase ha sido un coñazo.

Aburrido hasta la saciedad anhelaba un poco de tensión, algo más de intriga y fantasía; al final, este cuento es la triste realidad de la verdad. No es una atractiva historia de Netflix, es un NO-DO.

Mucho más interesante hubiera sido que algún objetivo indiscreto captase -durante los trabajos de exhumación- que la momia no estaba en la caja. Y a partir de ahí, varias temporadas de intrigas palaciegas, vaticanas, políticas y financieras que tanto gustan, culminando en un inquietante desenlace donde el prior del monasterio era quien la robó y -oculta en una cripta secreta del lugar- la retuvo, mientras recibía ofertas enmascaradas.

Un nieto suplicándola para hacerse con el poder de la momia y ponerla al servicio de la Casa de Anjou, la última oportunidad para desbancar del trono de España a la Casa de Borbón.

Otros que conjuraran haber descifrado el sortilegio oculto en el testamento capaz de hacerla despertar y devolverle el mando.

Siniestros intermediarios que la quisieran para hacerla añicos y revenderlos -como trozos del muro de Berlín o de Santa Teresa- entre sus afines, bien para venerarlos o bien para exponerlos como trofeo de caza.

Y finalizar con una toma cenital que se acerca hasta el fundido, al diálogo brumoso y de ultratumba que mantienen la momia y el abuelo de Zapatero.

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