El Cristo de la Sentencia


Si este artículo quisiese reunir algunos tópicos y obviedades sobre el follón que prepara la Generalitat para revitalizar el procés a costa de la sentencia del Supremo, habría escrito con minúsculas el solemne título por el que opté. Pero la intención que declaro es utilizar el sevillano Cristo de la Sentencia -esculpido por Morales en 1654-, que la Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestra Señora del Santo Rosario, Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y María Santísima de la Esperanza Macarena sigue poniendo en la calle cada madrugada de Viernes Santo, para distinguir el proceso penal de la justicia histórica. 

La de hoy, o la de un día de estos, no es la primera sentencia crucial que se dicta en el mundo. Y por eso conviene advertir a la parroquia de algo que saben todos los sevillanos: que una sentencia no es más que una fracción de segundo de una crónica de actualidad; y que los veredictos esenciales los escriben los años y los pueblos cambiando lo que les peta y dando nuevos significados a las frivolidades del momento.

Lo que Pilatos interpretó como una sentencia inapelable, dictada por el poder de Roma, contra un revoltoso criminal al que el pueblo consideraba más peligroso que Barrabás, se exhibe hoy en un paso de misterio -nunca mejor dicho- en el que el Santísimo Condenado desfila majestuoso como un rey, con una hermosura espiritual y humana que enmudece y perfuma las bullas de Sevilla, mientras el juez, que va de extra, sigue lavándose las manos. Y esto me induce a pensar que si los cronistas y tertulianos que enseñorean la España de hoy hubiesen informado y analizado los acontecimientos ocurridos en la Pascua del año 33, no habrían acertado ni una, nos habrían presentado a Pilatos como el héroe que encarnaba el Estado de derecho, y habrían dicho del condenado que «muerto el perro se acabó la rabia». Porque no hay nada más tonto que poner nuestros días, solo por ser nuestros, en el centro del universo.

Los que hoy son condenados tienen muchos devotos, dispuestos a escribirles una grandiosa historia; mientras a los jueces se les abre, de oficio, el inexorable camino de la irrelevancia. Y a nosotros, ciudadanos, nos corresponde asumir el enorme poder de escribir, sobre la crónica de hoy, una larga historia, en la que no es imposible que, mientras los condenados acaben aclamados, los jueces sean representados lavándose las manos en una acusadora jofaina. Es cierto que los devotos son minoría, pero son activos. Y los que consideramos la sentencia como un acto de justicia somos una inmensa mayoría, pero mal dirigidos, divididos y poco preparados para escribir historias. Por eso creo que la batalla por la unidad de España, que no acaba hoy, sino que empieza, va a ser larga y difícil, y no está ganada. Depende, claro está, de lo que hagamos. Pero mucho me temo que el futuro paso de misterio no lo van a encargar los que jalearon a Pilatos. Y si se pierde esa batalla, esta descomunal y grandiosa sentencia será papel mojado.

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