El iceberg negro de la depresión


El día mundial de la salud mental sirve para que un día al año se pueda hablar de la indigencia del alma. El iceberg negro de la depresión es negrísimo. Asoma solo el filo, que raja, pero debajo hay una montaña que lastra y ahoga. No entiende de cuentas bancarias. Estrellas como Abrines o Iniesta lo han sufrido. La depresión es el ladrón que te roba las ganas. Hace muy difícil poner un pie en el suelo. Levantarse de la cama se convierte en misión imposible. Ataca cuando menos lo esperas. Que si procesos químicos. Que si los golpes y las heridas de la vida. Que si el estrés devorador de una sociedad que nos exige más y más y más, convirtiéndonos en menos y menos y menos. La depresión no es una mala hora. Ni astenia primaveral ni otoñal. No es tristeza. Ojalá fuese tristeza. No es melancolía. Ojalá fuese melancolía y sirviese para hacer literatura. La depresión te sacude y te hunde. Hay que reconocer el problema, su gravedad que todo lo anula, que te convierte en un pozo de ti mismo, y acudir a profesionales.

Solo con su ayuda puedes volver a poner ese primer pie en el piso. Que famosos como J. K. Rowling o Jim Carrey le hayan dado voz a la depresión es fundamental. La sociedad es muy injusta con el tipo que se cae. El dolor físico se comprende en seguida. El dolor del alma es siempre sospechoso, salvo para los que lo han vivido o lo han tenido cerca. La sociedad no se cree al enfermo que se queda en cama con el alma pisoteada. Es como si le afease: no aguantas el ritmo, eres un flojo, es cuento lo que te pasa, en el tercer mundo no tienen tiempo para depresiones. Todos tópicos falsos que hacen que los que padecen depresiones quieran ocultarlas. Estén mal diagnosticados. Recurran a salidas absurdas. El alcohol, por ejemplo, para enmascarar que ellos son otro Titanic, cuyo casco ha sido rajado de parte a parte por el iceberg negro de la depresión y que lo que necesitan es justo lo contrario: comprensión y tratamiento.

Una sociedad que excluye al que quiebra es una sociedad inhumana. Recuperar la ilusión es un difícil enigma. La depresión nunca se debe minusvalorar. El deprimido se minusvalora sin ayuda de esa crueldad innecesaria por la que se llega a escuchar: si tuvieses una enfermedad de verdad, espabilabas. A veces, tenerlo todo y no querer nada. No quererse ni a uno mismo. Llegar a odiarse. Es muy difícil sumar cuando estás convencido de que eres una resta, un número negativo, una fórmula inaplicable, un estorbo. No jueguen con las depresiones. Tiendan la mano. No pateen el cuero que está roto y desinflado.

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