Otoño en Compostela


Había vuelto buscando el otoño, la brisa tibia de las tardes de octubre, el frío novicio de las mañanas con memoria de escarcha y de las primeras heladas que no llegan a ofrecer rocío alguno. Me recibió la ciudad con una lluvia lorquiana como de poema de Federico, un chove en Santiago meu doce amor, que estaba envuelto en un calor espeso de bochornos antiguos, y al caminar descubrí, en medio de un babel de lenguas europeas, que ya Compostela era el parque temático que me habían anunciado.

Centenares de peregrinos, o de turistas disfrazados con la vieira a la espalda como santo y seña identificativo, recorrían la ciudad siguiendo a un guía, que era la metáfora de los nuevos discípulos del apóstol.

Prisciliano triunfaba por las rúas en sus profecías heréticas, mientras la reina Lupa volvía a sonreír desde los silencios del siglo X. Y Aymeric Picaud, primer autor de una guía del Camino escrita en el siglo XII, y que está incluida en el Codex Calixtinus, constataba su vigencia en los recorridos que centenares de turistas caminaban fielmente.

Había vuelto con mi última novela bajo el brazo. Volvía a Compostela, lonxe do mar, con mi libro de los adioses convertido en un saludo de bienvenida y quise rendir viaje en la rehabilitada fachada de la catedral desde el Obradoiro. Estaba pálida, parecía como lavada, acabada de terminar, con Mateo, el maestro, resguardado en el novísimo pórtico, cuasi secreto, de todas la glorias. Y dando un pequeño rodeo entré en la seo. Parecía una catedral recientemente desolada, víctima de un bombardeo bélico, con las capillas veladas por lonas de obra y urgencia, la catedral inacabada. En obras permanentes.

El apóstol se había librado del secuestro arquitectónico y presidía como siempre el altar, su altar de los abrazos piadosos, rito sagrado y mágico que reiteré como suelo en todas mis visitas.

Buscaba el otoño y en los tres días en que hice estación en Compostela el otoño no había llegado, se prolongó el verano, y en las alamedas los caminos no se han pintado todavía con el oro viejo de las hojas caídas. Las terrazas eran una fiesta, y Santiago un bullicio hostelero y tabernario de cervezas y pulpo. Los turistas eran guiris, peregrinos al final del camino, que llenaban de despedidas y abrazos la ruta que desde hace mil años escribe en las estrellas el sendero que termina en Compostela. No parecía otoño, tendré que volver a buscarlo.

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