Rajoy gobierna España (y es el modelo)


He recorrido todo el escalafón. Empecé pegando carteles, he sido concejal, presidente de diputación, vicepresidente autonómico, diputado nacional, cinco veces ministro, vicepresidente del Gobierno y jefe del Ejecutivo». La retahíla era habitual en cada conversación con Mariano Rajoy, en cada mitin, en cada reunión interna del partido. La volvió a repetir el día en el que, teóricamente, se despidió para siempre de la política. Lo que probablemente no sabía Rajoy es que a esa interminable biografía política habría de añadir todavía otro hecho extraordinario. El de que más de un año después de perder una moción de censura, de abandonar la Moncloa, dejar su escaño en el Congreso y solicitar su reingreso como registrador de la propiedad, seguiría gobernando en España y siendo el modelo a seguir de los políticos que aspiran a sucederle.

Dieciséis meses después de ser apartado de la Presidencia, los Presupuestos Generales del Estado que rigen en España son los que Rajoy aprobó en abril del año 2018. Pero ya no se trata solo de que esas cuentas públicas, que condicionan toda la acción política del Gobierno, vayan a seguir en vigor como mínimo hasta la mitad del año 2020 y de que, tal y como el mismo Rajoy le advirtió en plena moción de censura a su sucesor, Pedro Sánchez se haya tenido que comer esos Presupuestos «con patatas». Tampoco se trata solo de que, a pesar de que el líder del PSOE ha permanecido durante diez meses en la presidencia del Gobierno y de que todavía ostente el cargo en funciones, la reforma laboral que Rajoy aprobó hace siete años siga en vigor aunque en el Congreso haya habido desde que dejó el cargo una mayoría de izquierda.

Se trata de que la presencia en la política española del marianismo, un concepto que va mucho más allá de su peripecia personal, trasciende su herencia económica. Hasta el punto de que todos los líderes parecen aspirar ahora a ser Rajoy. Pedro Sánchez es cada vez más Mariano en su capacidad de sostener una hora de entrevista sin decir absolutamente nada. Y cada vez más Rajoy en su afán de reivindicar la experiencia de gestión -por pobre que sea la suya-, como principal aval para gobernar. En exigir que gobierne la lista más votada, como reclamaba el anterior líder del PP, y en utilizar el 155 como amenaza al independentismo, pero sin decidirse a aplicarlo. Y cada vez es más Mariano Pablo Casado, que entró en Génova como elefante en cacharrería, con un discurso faltón y apocalíptico, para acabar recuperando a la plana mayor de Rajoy y adoptando la máxima marianista de que lo mejor es bajar el tono, hablar poco y esperar a que el cadáver de tus enemigos pase por delante de tu casa. Hasta Rivera, e incluso Errejón, adoptan esos discursos desideologizados tan característicos de Rajoy, en los que cabe todo. Una cosa y su contraria. «Paciencia, sentido del humor, espíritu deportivo y sentido de la indiferencia». Esas eran las virtudes que Rajoy recomendaba a todo aspirante a político. Con ellas gobierna España después de haberse retirado. Y puede seguir haciéndolo tras el 10-N.

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