Rafael, Feijoo y el 10-N


En el Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano, el Palacio Papal, se halla una de las pinturas más hermosas de Rafael: La Escuela de Atenas. El Palacio es un mundo en sí mismo. Tanta es su belleza que el visitante corre el riesgo de sufrir la ansiedad que subyugó a Henri Beyle, por primera vez, en su visita a la basílica de la Santa Cruz en Florencia y que propició una de las nomenclaturas más literarias de la psiquiatría: el síndrome Stendhal. El maestro Stendhal es uno de mis novelistas de cabecera. Cualquiera de sus libros propicia mi admiración. Imposible ir a la ciudad del Coliseo y no recrearse en su Paseo por Roma, quizá el mejor texto de viajes que se haya escrito jamás. Como novelista era único. Rojo y negro, una obra genial. De ella tenemos una curiosa traducción en gallego realizada por Antonio Pichel y que es una delicia, tan alta estéticamente como su original. A Stendhal le preocupaba la belleza. De ahí su apelativo, digo yo. Mucho se ha especulado sobre su origen. Entre las hipótesis se toma como cierta que Beyle asumiera su seudónimo en la ciudad alemana de Stendal, a 120 kilómetros de Berlín, donde nació Winckelman: patriarca de la arqueología moderna y apologeta incansable de lo bello frente a lo útil. Stendhal era un artista pleno, como Rafael. Y su Escuela de Atenas, una genial muestra de magisterio y talento: una obra para la eternidad. Diseñó el fresco en la primera década del siglo XVI. Lo realizó entre los años 1510 y 1512. Y hasta hoy perdura su hermosura.

La pintura muestra a filósofos y científicos clásicos. Algunas identidades no parecen claras. Otras, sí lo son. El centro lo ocupan Platón y Aristóteles. El primero (para el que Rafael utilizó como modelo a Leonardo da Vinci) porta en su mano izquierda el Timeo mientras parece dialogar con su alumno, que sostiene Ética a Nicómaco. Platón señala con su dedo índice el cielo o, quizá, el mundo imposible por el que discurrió su pensamiento. Aristóteles, con la mano derecha abierta indicando el suelo, parece resaltar la importancia de lo cercano o material. Idealismo inalcanzable frente a posibilismo materialista.

Entonces, en la Grecia clásica, el saber ocupaba lugar y los sabios eran respetados. Hoy ya no se respeta nada. Y tanto es así que uno echa de menos el sentido común. En Galicia, lo tenemos. Quizá porque hemos sufrido una historia adversa y conocemos nuestras cicatrices. Quizá porque valoramos la serenidad. Por eso, creo yo, la sociedad gallega ha otorgado varias mayorías absolutas contra corriente a Núñez Feijoo. Estabilidad frente a cuatro elecciones en cuatro años en Madrid. Sosiego frente a un perpetuo vaivén mareante. Unos con el dedo señalando el cielo, al que aún quieren llegar por asalto. Y otros a ras de suelo procurando su mero interés personal. En Galicia, como la Escuela de Atenas en Rafael, debe pintarse España. El 10-N lo veremos.

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