Pronóstico de Antonio Garamendi, presidente de CEOE: «Las elecciones del 10-N son un fracaso colectivo, necesitamos un acuerdo de partidos». Solo le pongo una objeción: no son un fracaso colectivo, es decir, de todos los españoles; son un fracaso de los líderes políticos, que no supieron acomodarse a la nueva realidad de varios partidos que se reparten los votos e impiden una mayoría clara. La tendencia es a agravar el diagnóstico: si en abril eran cinco los partidos de ámbito nacional que obtuvieron representación parlamentaria, el 10 de noviembre serán seis, tras la aparición en escena de Más País, otro a morder una parte del electorado. Tiene toda la razón Garamendi al reclamar un acuerdo entre fuerzas políticas, aunque no es lo mismo un pacto PSOE-Unidas Podemos-Más País que un pacto del PSOE con partidos situados a su derecha. Y menos, si se agrava la ralentización económica.
Por eso es muy interesante la singular pugna que se ha abierto entre Pedro Sánchez y Pablo Casado para intentar demostrar quién ofrece más garantías de que no se repetirá el bloqueo. Los adversarios de Pedro Sánchez van a centrar su campaña en decir que el presidente en funciones ya demostró su incapacidad para pactar. Incluso le escuché a un dirigente de Ciudadanos que nunca en la historia de la democracia se había producido un bloqueo hasta la llegada de Sánchez al Gobierno. Los adversarios de Pablo Casado argumentan que uno de sus pactos sería con Vox, lo cual significa que sería un gobierno sostenido por la extrema derecha, que reclamaría cobrar el precio de ese apoyo. Pero, como la posibilidad existe, es frecuente escuchar a los propios socialistas que «la derecha siempre se sabe poner de acuerdo, mientras que la izquierda fracasó y ahora su voto se divide más».
Este es el retrato de las posiciones. Anótenlo, porque puede ser una de las claves de estas urnas. Con permiso del nuevo agente, que es la marcha de la economía, es el gran cambio de discurso que tenemos por delante. Quizá estemos ante unas elecciones donde no votaremos al mejor gestor ni al mejor programa, sino al candidato que ofrezca más seguridades de encontrar aliados. Por eso sería muy interesante que, antes de llegar a las urnas, se nos dijera con quién piensa gobernar cada uno de los aspirantes y que los posibles socios dijeran a quién están dispuestos a votar en la investidura. Sería la primera vez que se hiciera en estos últimos cuarenta años, pero la situación del país lo requiere. Y lo requiere, sobre todo, el riesgo de que la noche del 10 de noviembre comencemos a pensar en terceras elecciones, el colmo del bochorno nacional. Y eso, tal como van la intuición y las encuestas, puede perfectamente ocurrir.