Gastar menos y ahorrar más


Las familias españolas, todavía convalecientes de la Gran Recesión, avistan de nuevo las orejas del lobo. Y aunque no conocen -no conocemos- la fiereza del animal que asoma por el horizonte, son conscientes del peligro y han comenzado a tomar precauciones. En otro tiempo no lo hicieron, se hipotecaron y endeudaron hasta las cejas, y sobrevino la catástrofe. Esta vez no las pillará desprevenidas: ya han puesto en marcha su plan B, que consiste en gastar menos y ahorrar más por lo que pueda venir. Aplazar la visita al restaurante o el cambio de coche y agrandar el fajo de billetes guardado indistintamente en el banco o debajo del colchón (lo que viene a ser lo mismo en este tiempo de nula o incluso negativa remuneración del ahorro).

El fenómeno aparece descrito con pelos y señales en la contabilidad nacional correspondiente al segundo trimestre. El consumo final de los hogares se ha estancado: aumentó un raquítico 0,6 % en el último año. Sin embargo, los ingresos familiares mejoraron notablemente. La masa salarial, impulsada por las subidas de sueldos y el mayor número de nóminas, creció un 5,2 %. Pero las familias no se fían, intuyen que el oasis solo es un espejismo y se preparan para lo malo o lo peor: de cada cien euros de renta disponible, ahorran 19, tres más que en el segundo trimestre del año pasado.

El plan B de las familias tiene dos consecuencias económicas. Una negativa, otra positiva. A corto plazo, acelera la caída y la acentúa. Si el consumo se estanca y la inversión también pierde fuelle, la demanda interna deja de tirar del carro. Y la demanda exterior, que todavía ahora aporta la mitad del crecimiento, se halla prisionera de las guerras de Trump, los brexit de Johnson y la contracción del comercio internacional. Preocupante panorama. Dicen los expertos que, por debajo de una tasa de crecimiento del 1,5 %, la economía interrumpe la creación de empleo y empieza a expulsar trabajadores. Estamos en el 2 % y en continua revisión a la baja.

La súbita propensión de las familias al ahorro permite también una lectura positiva. A medio plazo, si la economía y el empleo se frenan, esas reservas evitarán o amortiguarán una drástica contracción del gasto. El ahorro, que no es sino consumo aplazado hasta el día de vacas flacas, se convertiría así en factor clave para impedir que la desaceleración se transforme en una recesión de tomo y lomo.

¿Cómo afectará este inquietante cuadro en las elecciones? De momento, nuestros candidatos andan a otra cosa. Su danza ritual de campaña gira en torno a la hoguera catalana. Después, si la salud del enfermo olvidado en el box de urgencias se agrava, cada síntoma, cada dato o cada indicador que se publique será utilizado como proyectil para abatir al inquilino de la Moncloa. Y este replicará -ya lo dijo- que los virus son foráneos: «Hay riesgo de crisis económica en el mundo, en Europa y, en consecuencia, en España». Nadie hablará de las causas, terapias o paliativos. ¿Para qué? Todo el mundo sabe que, cuando las cosas se tuercen, la culpa la tiene siempre el Gobierno.

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