Mélenchon, rey de la Francia indivisible

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Algunos actúan como si el votante, en lugar de una papeleta, introdujera en la urna un testamento a su favor. Se sienten ungidos. Creen que les han firmado un cheque en blanco. Que su escaño emana de una divinidad. Como si una vocecilla les susurrara aquello de «tuyo es el reino, el poder y la gloria». Se consideran dueños de la razón porque millones de personas eligieron su color. Ocurre aquí. Y más allá. Los franceses asisten al proceso judicial a Jean-Luc Mélenchon, acusado de actos de intimidación contra la autoridad, rebelión y provocación. El líder de Francia Insumisa quizás engañe al principio, con su pinta de profesor de barrio, de secundario honorable en cualquier película de barrio de Robert Guédiguian. Pero tiene modos y caprichos de rey absoluto. Merece un monumento a la incoherencia. En la segunda vuelta de las presidenciales francesas se negó a pedir el apoyo para Emmanuel Macron. No le importó que la única alternativa fuera Marine Le Pen. Gran parte de sus compatriotas se taparon sus narices izquierdistas para evitar que la ultraderecha llegara al Elíseo. Él se mantuvo firme, jugando al caos. Recientemente firmó una carta junto a otros diputados de la Asamblea francesa en la que cargaba contra España por «la represión de los electos catalanes». Curioso viniendo del tipo que llegó a encabezar su perfil de Twitter con las palabras «Francia es una e indivisible o ya no es una república». Su paso por los tribunales se debe a que en el 2018 le aclaró unas cosillas a los policías a los que trató de impedir que registraran la sede de su formación. «¡Yo soy la República!», les gritó. Como si fuera Luis XIV, el Rey Sol, al que se le atribuye una frase que quedó para la historia, fuera suya o no. «El Estado soy yo».

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