40 años entre microplásticos

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Instituciones y personas sostienen que «el mejor plástico es el que no se consume». Sucede que tal aforismo llega tarde. Desde hace años estamos instalados en la Edad de Plástico, con grandes avances para la humanidad. Otra cuestión es como los beneficios y los efectos derivados han sido gestionados. Gestión similar a la que hemos hecho con los vertidos de nuestras aguas urbanas deficientemente depuradas y tratadas. Agravado por el aumento de la población en las grandes conurbaciones, con sus traídas de aguas, generalización de electrodomésticos, sus detergentes y los volúmenes de agua utilizados y vertidos a ríos y rías. Por ello la toma de conciencia sobre el cambio global y la contaminación, incluidos la reciente de los plásticos, debe llevarnos a evaluar y paliar en lo posible sus efectos en los ecosistemas.

Las sociedades humanas han desarrollado, conforme a su conocimiento, materiales adecuados a sus necesidades. Y los plásticos, materiales orgánicos moldeables, tienen gran cantidad de aplicaciones. En los inicios de los plásticos están materias naturales como la laca o la goma arábiga, luego el marfil artificial o galalita, obtenido de una proteína y formol, el celuloide o parkesina, el PVC, y al fin la baquelita, en honor a su creador Leo Baekeland, el primer plástico fabricado en serie ya en 1907. Y como todo material utilizado en cantidades ingentes, genera residuos.

Los científicos observaron pequeñas partículas de plástico en el océano ya en la década de 1970, pero su investigación comenzó en 2004 con un estudio pionero dirigido por el ecólogo marino Richard Thompson. Para describir las pequeñas partículas de plástico y diferenciarlas de los grandes desechos de plástico, como redes de pesca, botellas y bolsas, los autores las denominaron «microplásticos» (partículas de menos de 5 milímetros)

La investigación sobre la contaminación microplástica se ha centrado en su mayor sumidero: el océano. Recientemente, se ha ampliado su enfoque para incluir ambientes de agua dulce y terrestre, pues si bien los océanos cubren más del 70% de nuestro planeta, la biodiversidad en los sistemas terrestres y de agua dulce es cinco veces superior a la del océano. En los últimos 15 años, los científicos han documentado y estudiado los microplásticos en todo el mundo. Y de esta investigación puesta recientemente en el foco de las prioridades para la financiación, nacen numerosos estudios locales y regionales. Sin embargo la investigación debe ser global e incluir una mayor comprensión de la escala, el destino y los efectos de los microplásticos desde sus fuentes a través de los ecosistemas terrestres y de agua dulce hasta los océanos. Los investigadores se preguntan sobre los impactos de los microplásticos en la salud humana como resultado de la ingesta de alimentos marinos, pero también su presencia en el polvo, el agua subterránea y los suelos agrícolas puede tener importancia. Todo por junto, como en el cambio global.

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