El final del verano


«El final / del verano / llegó / y tú partirás...». El resto de la letra del Dúo Dinámico es un monumento a lo efímero y maravilloso del amor de verano; en aquel entonces no había demasiado alivio para el vacío que dejaba la intensidad del amor veraniego, de aquellas solo quedaba el anhelo de recibir una carta remitida por el recuerdo.

De esto no hace tanto y apasiona ver cómo han cambiado la comunicación, las relaciones y el mundo del día a día. La inmediatez es instantánea, se ha perdido el tiempo psicológico de la espera y no hay lugar para la añoranza en el Instagram, ni distancia lo suficientemente lejana para un vuelo low cost.

Despedí las vacaciones en el sur asistiendo a un concierto de Los Secretos en ese hueco mágico que es el Náutico de San Vicente do Grove.

Los Secretos han logrado la categoría de clásicos porque sus temas los conocen y tararean más de dos generaciones -límite en que una buena amiga sitúa lo que podemos considerar como un clásico-. Gustarán más o menos, pero tienen un sonido personal que no es nada fácil de conseguir si no eres un buen artista. Los Secretos lo tienen, aunque ya sin el genio malogrado de Enrique Urquijo, que sigue siendo el alma del grupo.

El público era un pastiche de generaciones y bronceados atlánticos envueltos en esa jocosidad voluptuosa que esculpen las vacaciones del verano. Todo iba bien hasta llegar a los temas clásicos que avisaban el final del concierto, cuando de pronto el público desapareció y se transformó en un mar de teléfonos móviles que se balanceaban al ritmo de un brazo-selfi. El escenario se desplazó a la pantalla del móvil a través de la cual la gente miraba la actuación; algo que Umberto Eco hizo cuando buscaba exteriores donde ambientar El nombre de la rosa y cuyas consecuencias escribió muy bien razonando por qué no lo volvió a hacer más. Entre otros argumentos decía que cuando llegó a casa y se puso a ver las fotos y los vídeos, tuvo la sensación de no haber estado allí, de haber sido un observador no participante, cuando él lo que quería era precisamente eso, empaparse lo más posible del entorno.

No hace mucho los finales de los conciertos ecuménicos se oficiaban encendiendo el mechero y tarareando los temas con mirada emocionada sobre el escenario; hoy la mirada rinde aduana por vivir la vida a través de una pantalla y el corazón vibra menos que los móviles.

Son otros fines de verano, pero el aroma a «amor de verano» de siempre se disfrazaba de muaré con la brisa del mar.

Solo que un poco más talluditos todos.

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