Medre o mar!

Cristina Porteiro
Cristina Porteiro LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

Se llamaba Manuel. Era un hombre discreto, parco en palabras y cariñoso. También era pescador. De Porto do Son. Se le notaba en la cara -curtida por el salitre y el sol-, y en sus manos, endurecidas como lijas. Con ellas artellaba en un pequeño cuartito de casa que desprendía un fuerte olor a óxido y a pintura. Mientras trabajaba en aquel taller improvisado, sus nietas perdíamos las mañanas de verano viendo la televisión. Nos daba pereza adentrarnos allí. Mi abuelo hacía cosas de abuelo. No le preguntábamos, así que él seguía a lo suyo, ensimismado en sus artilugios de pesca.

Cuando se hizo mayor y dejó de ir al bacalao a Terranova, a Groenlandia, se conformó con comprar una barquita con la que pasar las horas pescando en la ría. La llamó Lucía, como mi hermana. Cuando le llegó el momento de amarrar para siempre, su cabeza se fue apagando poco a poco. No llegué a comprender ese vínculo de mi abuelo con el mar hasta muchos años después, cuando él ya se había ido.

Todo comenzó con una sesión de la comisión de Pesca en el Parlamento Europeo en el 2013. Expertos, eurodiputados y activistas se pasaron la tarde disertando sobre las especies de profundidad, poniendo el foco en un tal «reloj anaranjado» que, al parecer, lo estaba pasando fatal. Estaba perdida. Casi siete años después puedo distinguir entre especies demersales y pelágicas o cambiar el disfraz de la xarda por el del verdel. No es mucho, lo sé, pero hablamos de un oficio y un sector complejísimos. La Comisión Europea tampoco lo pone fácil. Nunca lo hace. Eso lo saben bien los pescadores que se las han visto y deseado para resistir los esfuerzos denodados de Bruselas por convertir al sector -a base de recortes de cuotas, prohibiciones y calendarios asfixiantes-, en un mero reclamo turístico y folklórico. Un recuerdo para los libros de etnografía gallega. La pesca es mucho más de eso. Trasciende a otras facetas de la vida más allá de la económica. Forja el carácter de las comunidades que viven del mar e impregna los rincones más insospechados de nuestra vida. Cuando crees comprender cómo funciona el mundo pesquero y te familiarizas con conceptos como los mínimis, Bruselas te saca los top-ups admitiendo que podría haber problemas con las choke species por culpa de la landing obligation. Yo digo que sí, que menudo percal, que no hay tiempo para alcanzar el RMS antes del 2020 y pregunto a escondidas por qué no se pueden pescar las cigalitas de la unidad funcional 25. Por supuesto, siempre alerto a mi cuñado cuando viene de mariscada a Galicia: «No te hagas ilusiones, Óscar, dicen los del ICES que el stock está muy mal. Nos han cerrado la pesquería». Para él no es un problema. Se pide pulpo. «Este año va muy caro. Se ha disparado la demanda en Estados Unidos y aquí hay poco y muy pequeño», le advierto. Mi madre opta por la merluza. Algo más razonable. Finalmente se ponen las botas mientras mi cabeza va repasando todos los eslabones de la cadena, todo el engranaje que se ha puesto en marcha hasta llegar al plato. Y me parece una coreografía bellísima. Desde el trabajo de quienes negocian cada año en Bruselas las cuotas de nuestros pescadores hasta horas intempestivas a las rederas, mariscadoras y pescadores que se levantan de madrugada para faenar sin saber si será la última vez y a los que aún les quedan fuerzas para venir a Bruselas a pedir cordura y defender el pan de sus familias. El ir y venir de los trabajadores de las lonjas y mercados y hasta el de los cocineros que hacen fuegos artificiales en el paladar de mi cuñado.

 Más de medio siglo nos separaba a mi abuelo y a mí. Ni siquiera hablábamos el mismo idioma. Donde yo veía un banco de peces, él veía «unha boa caldeirada». Se habría sorprendido mucho viendo a una de sus nietas curioseando en ese cuartito ya destartalado de casa, donde todavía quedan los recuerdos de su vida en el mar. Los buenos y los malos. Desde la caña que un día fabricó cuando le dije que quería pescar calamares a la melancolía por las amistades que le prometieron volver y no volverán. Aunque no podría pasar ni el examen más elemental sobre este oficio, he aprendido a respetar su trabajo, el de nuestros pescadores. Les deseo el mejor futuro posible a todos ellos. En Bruselas y en la mar.