Lo trans


Deberíamos hablar más claro y dejar de decir que se puede cambiar de sexo. No se puede. Cabe simular el sexo contrario -solo hay dos, y no varios, como demuestra un aplastante 99,8 % de la población-, cabe intentar parecer un hombre o una mujer mediante el uso, peligrosísimo, de hormonas o mediante cirugías que suponen casi siempre la castración, la condena a la esterilidad. Pero no es verdad que se den verdaderos cambios de sexo. Tampoco parece que quienes lo intentan consigan sentirse mejor consigo mismos, con sus falsos miembros o sus amputaciones de órganos sanos. Si para los que sienten ese problema de identidad el riesgo de suicidio se multiplica por nueve, para quienes llevan a cabo un aparente cambio de sexo, el riesgo es diecinueve veces superior. En fin, uno lo entiende todo, lo comprende todo, porque en ocasiones los niveles de desesperación pueden ser muy grandes y la presión publicitaria -casi siempre a través de la cultura- de nuevos nichos de mercado, para médicos que renuncian a sanar enfermos o para productos farmacéuticos que habrá que tomarse toda la vida, puede resultar insoportable. Pero hay una cosa que no entiendo ni disculpo.

Me parece diabólico que esto se haga con niños, con menores de edad en general, comprometiendo para siempre su existencia por una percepción acaso pasajera o porque, simplemente, son homosexuales. Al mismo niño al que no se le permite comprar una aspirina se le consiente -y se fuerza a menudo a sus padres- que inicie tratamientos bárbaros de los que dependerá para siempre, si sobrevive.

Del tétrico dogma trans no se puede disentir: hay mucho dinero en juego. Pero que dejen en paz a los niños, por favor.

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