Así, Sánchez no será nunca presidente

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Ballesteros

«Sin nosotros no será presidente nunca». La advertencia que Pablo Iglesias le lanzó a Pedro Sánchez en el debate de investidura del pasado lunes era tan elemental, y encerraba una verdad tan evidente desde que se cerraron las urnas el pasado 28 de abril, que cuesta creer que el líder del PSOE lleve más de tres meses sin asumirla, sin entenderla y negando tozudamente esa realidad. Una vez que Sánchez renunció desde el principio a intentar siquiera formar un Ejecutivo de gran coalición con el PP o a tratar de convencer a Ciudadanos de que rectificara su veto para formar un Gobierno estable y moderado con 180 diputados, y declaró como «socio preferente» a Unidas Podemos, puso su destino, y también el de España, no solo en manos de un partido radical que reniega de la Transición y defiende un referendo de secesión en Cataluña, sino también en las de los independentistas de ERC y de EH Bildu, cuya colaboración era indispensable no solo para sacar adelante la investidura, sino para poder gobernar en el futuro y ganar cualquier votación en el Congreso, incluidos los Presupuestos del Estado.

La estrategia política que ha llevado a cabo Pedro Sánchez, o más bien su gurú, Iván Redondo, ha sido tan absolutamente caótica que siempre pensé que escondía un truco final, un gran golpe de efecto que lo cambiaría todo. Pero no. Lo que parecía era lo que era. El político que ganó las elecciones en España con un menor número de diputados, 123 sobre 350, prácticamente solo un tercio de la Cámara, se comportó desde el primer momento con una soberbia que no correspondería ni siquiera a quien hubiera ganado con mayoría absoluta. El resultado lógico ha sido que, a pesar de sus crecientes cesiones a Unidas Podemos, ha recibido un varapalo sin precedentes, con un candidato a la investidura que solo ha sido capaz de sumar un voto a los de su partido.

El espectáculo que han ofrecido el PSOE y Unidas Podemos, con una vergonzosa pelea por hacerse con los sillones y sin hablar para nada de un programa de gobierno conjunto, ha sido tan lamentable que solo cabe felicitarse de que ese Ejecutivo de coalición no haya salido adelante. «España se ha librado de una buena», titulé aquí un artículo hace diez días, dando por hecho que no habría acuerdo. Visto lo que ha ocurrido estos últimos días, de lo que España se ha librado es más bien del más absoluto de los desastres, que es lo que habría supuesto un Ejecutivo con ministros de un partido que, según el propio Sánchez, «no defiende la democracia», y en permanente dependencia de unos independentistas que insultan cada día a España y hasta al jefe del Estado desde la tribuna del Congreso.

Sánchez debe entender y asumir cuanto antes que, con la actual fragmentación del arco parlamentario, mientras insista en buscar como aliados a la izquierda radical y a quienes quieren destruir España, en lugar de a los partidos constitucionalistas, nunca será presidente sin someterse al chantaje de sus supuestos aliados. Ni ahora, ni en septiembre, ni en unas próximas elecciones.