Breve historia de la Luna


La Luna es un mundo parecido al nuestro, con mares y tierras. Su consistencia es la de una esfera de acero bruñido rodeada por nubes de vapor. En la Luna se hallan extensas y misteriosas selvas pobladas por ninfas que se dedican a la caza de fieras. Al menos esto fue lo que se encontró el paladín Astolfo cuando viajó a la Luna en tiempos de Carlomagno, a lomos de un caballo alado. Lo contaba Ariosto en su Orlando furioso, el gran clásico de la literatura italiana del siglo XVI. En la Luna que vio Astolfo había un palacio en el que las Parcas hilaban en lino, seda, algodón y lana de diferentes colores las vidas de los mortales. La Luna también era el lugar a donde iban a parar todas las cosas que se perdían en la Tierra: las lágrimas y los suspiros de los amantes, las horas perdidas jugando a las cartas, las alabanzas a los grandes señores, las plegarias de mala fe… Todo excepto la locura, que no puede exportarse fuera de la Tierra, como le explicaron a Astolfo, y que por eso se va acumulando entre nosotros y es cada vez más abundante.

Lo que se dice ir, a la Luna se ha ido de verdad solo media docena de veces, y en total la han pisado doce hombres, como doce apóstoles de la tecnología. Pero, con la imaginación, a la Luna se ha viajado mucho más. Antes de Astolfo, en la Antigüedad, había ido Luciano de Samosata, gracias a lo cual sabemos que en el siglo II la Luna estaba en guerra con los ejércitos del Sol. Mil años después, cuando llegó Dante, la guerra había terminado y el astro estaba habitado por las almas imperfectas. En el siglo XVII la visitó Cyrano de Bergerac y se encontró con que los selenitas ya se habían dividido en dos clases sociales, una que se expresaba por medio de la música y otra por medio de los gestos. Los habitantes de la Luna eran caníbales y vampiros, odiaban a Aristóteles y tenían lo que hoy llamaríamos audiolibros. En el siglo siguiente, el Barón de Münchhausen estuvo allí dos veces, y se encontró con que se había reanudado la guerra contra los ejércitos del Sol. Quizás por eso la Luna era ya un lugar solitario y picado de cráteres cuando lo divisaron los personajes de Verne, a finales del XIX. Y fue esa Luna de Verne y de Tintín, más o menos, la que se encontraron los astronautas del Apolo XI cuando alunizaron, hizo ayer cincuenta años.

El encuentro entre la imaginación y la realidad es como la reunión de dos antiguos amantes después de muchos años: un peligroso ejercicio de melancolía. Pero la Luna no nos decepcionó, porque su extraña belleza de otro mundo tenía la apariencia misma de un sueño. La Luna es exactamente como la habría imaginado un poeta. Desprovista de atmósfera, es una especie de lugar acuático sin agua, en el que se flota como en el claustro materno, en silencio. Cerca de los polos tiene la temperatura de la Antártida; cerca de su ecuador, la de un horno. Como no hay aire que transmita el calor, a la sombra de una roca puede haber más de 100 grados bajo cero. Como anticiparon los escritores antiguos, las reglas de la Tierra no se aplican en la Luna, que es casi una Tierra al revés: los plásticos, y ciertos metales, se vuelven frágiles; los lubricantes se evaporan; solo se puede soldar en frío. Como no hay ionosfera, las transmisiones deben ser radioeléctricas y en línea recta. El tamaño de la Luna es tan pequeño que un hombre de metro ochenta desaparece en el horizonte a unos tres kilómetros de distancia. El suelo es resbaladizo y granuloso. El sol sale y se pone de golpe. Las estrellas no centellean. Su Luna somos nosotros.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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