El presidente está crecido


Enfrascado en buscar en Europa los pactos que no encuentra en España, Pedro Sánchez vive momentos de euforia. Una vez más se le están dando las condiciones para salir airoso de una situación engorrosa, mientras él apuesta por seguir adelante, señalando la fecha para la investidura, a partir del próximo 22, sin haber logrado alcanzar acuerdo alguno para los apoyos. Son sus adversarios los que, curiosamente, deben de estar más preocupados por salir bien parados de un período que se antoja que puede prolongarse.

Los últimos en ayudar a allanar el camino para la investidura han sido ex ministros de Rajoy llamando a PP y Ciudadanos a lograr un Gobierno de consenso y advirtiendo del riesgo económico, en su opinión, que conlleva empujar a Sánchez a un pacto con Podemos. Son los últimos, porque ese consenso está plagado de desacuerdos, enfrentamientos, debates y divisiones en los senos de los partidos opositores que, en algunos casos, va a acabar con heridas profundas. Con su parsimonia, y quizás sin haberlo pretendido ni programado, Sánchez está causando graves daños a sus adversarios.

Lo de Ciudadanos ya es público. Lo que en el seno del propio partido califican como el «clan Malú» se acabó imponiendo, por el momento, pero a costa de dejar por el camino a significativos fichajes y exponiéndose a nuevos abandonos. El debate también está abierto en Podemos en el que un sector apuesta por no ser demasiado exigente para dar el apoyo, frente a otro menos negociador. Hasta al PDECat llegaron las discrepancias con la petición de abstención por parte de los diputados encarcelados y un evidente encontronazo entre Mas y el huido Puchi. Y también en Vox, alguno de cuyos responsables no descarta una abstención ante la posibilidad de sufrir una debacle en el caso de tener que regresar a la urnas y de ser acusados de la llegada de Podemos a la gobernabilidad del país.

Y es que una nueva convocatoria, que sería en el otoño, es la red con la que juega el presidente. Los sondeos dicen que solo PSOE y PP incrementarían mínimamente sus resultados del 26-A, mientras que los demás sufrirían severos castigos. Los que más, Vox y Podemos. Y por eso Sánchez está tranquilo. Y jugando fuerte. Porque en el peor de los casos, el Parlamento quedaría más marcado por el bipartidismo, pero en una situación más favorable y cómoda para sus intereses.

La tranquilidad y la actitud pasiva del presidente resulta llamativa. Hasta Iglesias y Aznar coinciden en que no está haciendo mucho por salvar la investidura. Ahora ha encontrado en Europa la disculpa para alejarse de las cuestiones domésticas y allá se fue aguardando que el paso del tiempo y la baraka de la que siempre disfrutó acaben por arreglar sus problemas. Y ahora mismo Sánchez se ha venido arriba y está crecido. Porque sabe mejor que nadie eso que decía nuestro Nobel de que el que resiste, gana.

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