Del «Pujol enano» al «con Rivera no»

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

28 jun 2019 . Actualizado a las 01:26 h.

El 3 de marzo de 1996, nada más cerrar los colegios electorales, una muchedumbre se congregó ante la sede nacional del PP en la calle Génova. En su tercer intento, José María Aznar había ganado las elecciones generales. «¡Pujol, enano, habla castellano!», coreaban eufóricos sus incondicionales, convencidos de que podría gobernar cómodamente y aplicaría un programa claramente de derechas. Unas horas después, el recuento indicaba que Aznar tenía 9,7 millones de votos, pero con 156 escaños quedaba lejos de la mayoría absoluta. El líder popular comprendió de inmediato que si quería gobernar tendría que ceder mucho y renunciar a buena parte de su programa. Le faltaban 20 escaños para alcanzar los 176 y no esperó ni 24 horas para aplicarse a la tarea de conseguirlos. Salió a buscarlos.

Cualquiera que lea habitualmente esta columna sabe que Aznar no es precisamente mi ídolo. Pero no se le pasó por la cabeza pedir al PSOE que se abstuviera. Tuvo que tragarse su orgullo y trabajar duramente durante dos meses para seducir a los nacionalistas catalanes aceptando muchas de sus exigencias y renunciando a parte de su programa. De aquel «¡Pujol, enano, habla castellano!», se pasó a que Aznar hablaba catalán «en la intimidad», lo que implicaba un simbólico ejercicio de humildad y rectificación. El resto es historia. Aunque le bastaban los 16 votos de CiU y los 4 de Coalición Canaria (CC) para tener la mayoría absoluta, se empeñó en sumar también al PNV. Y lo logró. El 5 de mayo, solo dos meses después de las elecciones, era investido con 186 votos a favor del PP, CiU, PNV y CC.

Veintitrés años después, el 28 de abril del 2019, el socialista Pedro Sánchez ganó, también a la tercera, sus primeras generales. La muchedumbre se congregó en la sede nacional del PSOE, en Ferraz. «¡Con Rivera no!», coreaban los incondicionales de Sánchez, pensando que podría gobernar cómodamente ignorando a la derecha «trifálica», en la que incluían a Ciudadanos. Pero los resultados indicaron que el PSOE tenía 7,4 millones de votos y solo 123 diputados, 33 menos que Aznar en 1996. Sánchez entendió también que la cosa no sería tan fácil. Pero, y aquí difieren radicalmente las dos historias, en lugar de tragarse su orgullo, hacer un ejercicio de humildad, ponerse a trabajar para conseguir los 53 escaños que le faltan y buscar la estabilidad, mantiene un tono de arrogancia absoluta. Lejos de salir a buscar los votos que necesita u ofrecer a Ciudadanos, con quien sumaría 180 escaños, un Gobierno de coalición o un pacto programático con cesiones mutuas, se mantiene impasible y espera sentado a que los apoyos le lluevan del cielo sin ceder en nada. Exige a Rivera que le otorgue el Ejecutivo sin contrapartidas, para ser investido así con los votos de la derecha y gobernar luego «sin ataduras» con la izquierda y el secesionismo. Y, en lugar de preocuparse del futuro del país, si no le regalan el Gobierno amenaza con llevar a España a otras elecciones que la dejarían sin Ejecutivo al menos hasta 2020. La moraleja sáquenla ustedes mismos.