El poder fáctico exprime la naranja

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

En contra de lo que algunos parecen pensar, crear un partido político no es una cosa sencilla. Y destruir uno que ya existe, tampoco. Hasta hace dos días, politólogos de postín nos aseguraban que el PSOE, que tiene 140 años de historia, era un cadáver porque representaba al mundo antiguo, era un partido de viejos y estaba llamado a ser reemplazado como fuerza hegemónica de la izquierda por Podemos, que simbolizaba la política del siglo XXI. El PP era, nos decían, no ya un muerto, sino un fósil prehistórico sustituido ya por una derecha moderna, civilizada y guay como Ciudadanos. Pero resulta que solo unos meses después, Podemos es una jaula de grillos sin orden ni concierto que se autodestruye aceleradamente y Ciudadanos se descompone, incapaz de soportar las presiones y de gestionar el poder político que le han entregado los votantes en Cataluña y en el resto de España.

Para forjar un partido no basta con tener un líder atractivo y de oratoria deslumbrante como Albert Rivera y una mujer inteligente, valiente y brillante como Inés Arrimadas y luego ir fichando saldos políticos en el mercado de invierno. El PSOE y el PP pueden atravesar crisis internas y, por supuesto, desaparecer algún día. Pero tienen estructuras creadas en toda España. Unas redes que van desde Madrid al pueblo más recóndito de La Mancha. Una organización. Una jerarquía. Un orden.

Ciudadanos, sin embargo, es una fuerza de aluvión con ínfulas de nuevo rico. Su debilidad, su falta de cuadros y su cimbreante discurso han quedado al descubierto en cuanto ha tenido que jugar en primera división. Que al partido naranja le tocaría tras las elecciones el papel de árbitro que da el Gobierno al PSOE o le obliga a repetir el Ejecutivo Frankenstein de la moción de censura era algo que sabían hasta en China. Y que iba a haber unas presiones brutales para que optara por lo primero era también cosa cantada. Por eso precisamente resulta deprimente lo que está sucediendo.

Valls, Garicano, Nart y este Toni Roldán, que se lleva las manos a la cabeza tras comprobar que Rivera hace exactamente lo que dijo que haría son un grupo de oportunistas que, si no estaban de acuerdo con el desconcertante veto al PSOE que planteó su líder, tenían que haberlo dicho antes y dejar sus cargos, en lugar de callar primero y destrozar el partido después.

Rivera ha cometido errores garrafales. Pero cargar sobre sus espaldas la obligación de dejar gobernar a Pedro Sánchez a cambio de nada es ridículo. Si el líder del PSOE quiere el apoyo de Ciudadanos, lo que debe hacer es llamarle y ofrecerle un Gobierno de coalición, un pacto de legislatura o un acuerdo programático, que es lo que Rajoy le ofreció a él cuando estaba en minoría, y no esperar a que el poder fáctico y los tontos útiles le hagan el trabajo sucio de doblegar al partido naranja para poder llegar a la Moncloa «sin ataduras». Rivera no es el líder de la derecha que necesita el país. Pero, desde luego, políticos desleales como Valls, Garicano, Nart o Roldán no son la solución a los problemas de España.