Algo huele a podrido en una sociedad cuando se considera normal y regenerador quemar libros o retirar estatuas de figuras históricas. Cuando sucede alguna de estas prácticas es un síntoma de que la estrechez de miras y la ignorancia han conquistado un nuevo espacio de poder. El último ejemplo conocido lo ha protagonizado el tripartito de derechas que gobierna en Cadrete, un pueblo aragonés. Un concejal de Vox ha decidido quitar de la plaza un busto de Abderramán III, califa de Al-Andalus en el siglo X y una figura histórica de primer nivel que ordenó en su día construir un castillo en la localidad.

El gesto, cargado de simbolismo y tildado de «racista» ha generado una tormenta en las redes que se ha vuelto en contra del partido ultra. En ellas han aparecido muchos memes recordando el parecido del líder de Vox, Abascal, con el personaje de cómic Iznogud, el gran visir que quería ser califa en lugar del califa.

El bumerán golpeó con fuerza. De forma merecida. Por querer retorcer la historia. Por juzgar con ojos contemporáneos hechos de hace mil años. Por desconocimiento supremo de lo que era la península ibérica en la Edad Media. Y por usar un argumento falaz (por xenófobo) y fallido: Abderramán III, uno de los monarcas más poderosos de su época, no tenía rasgos magrebíes. Era rubio, casi pelirrojo. Había nacido en Córdoba. Su tatarabuelo, en Toledo. Y su abuela, una princesa navarra, del reino de Pamplona. Solo con estos datos, ¿le negaría hoy alguien un Dni a un califa que parece menos árabe que Santiago Abascal?

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El Dni del califa Abderramán