El gran Tony Leblanc, el humorista, solía contar que había nacido en el Museo del Prado. Es más, decía que él era la única persona en todo el mundo que había nacido en un museo. Desgraciadamente, no era cierto. En realidad, había nacido en el barrio de Atocha, como todo el mundo -como todo el mundo que nace en Atocha-, y su madre estaba en casa, al contrario que en el chiste de Gila. Pero la escena es tan grandiosa que merecería ser cierta. Desde luego, tenía una parte de verdad. El padre de Leblanc era guarda nocturno del Museo del Prado -luego le ascendieron y le pusieron a vigilar la Puerta de Velázquez-. Se apellidaba Fernández Blanc, y de ahí el Leblanc artístico de Tony, que a su vez se llamaba Ignacio. La parte de ficción era que la madre de Tony, embarazada, iba a visitar a su marido y se ponía de parto en la Sala de los Tapices de Goya. Precisamente en la Sala de los Tapices. Ya puestos, ¿para qué quedarse cortos e ir a nacer en un cuartucho de servicio o en la sala de algún pintor flamenco menor? Sí, señor. Las anécdotas, sobre todo cuando no son verdad, siempre a lo grande. Solo le faltó a Leblanc decir que había nacido tarareando ya el Cántame un pasodoble español, la tonada que él mismo compuso muchos años después de oído, y que tanto éxito tuvo en la voz de Lolita Sevilla.
Me acordaba de esto al darme cuenta de que este año se cumple el bicentenario del Museo del Prado, porque uno tiene tendencia a pensar en seguida en lo pintoresco más que en lo pictórico. Pero yo amo el Prado, y por eso me parece tan hermosa esta idea de que alguien hubiese nacido en su interior, entre la arcilla para colores, el «blanco de España», la «tierra de Sevilla», el plomo venenoso pero glorioso de los pigmentos antiguos y mercuriales; ungido por el olor, ya imperceptible, a barniz y marco de madera, a tela de lino, a las imprimaciones de légamo o de tierra de Esquivias, a aceite de linaza, al carbón vegetal del que salía el color negro de las sombras. El Prado es el gran depósito de belleza mineral de la Península, y si tuviese la oportunidad de hablar con un alcalde o alcaldesa de Madrid les rogaría que pusiesen allí el «kilómetro cero» del que salen y al que van a dar todas las carreteras, y no como está ahora, en la Puerta del Sol, donde solamente hay un Apple Store.
Le preguntaron a Cocteau un día qué se llevaría del Museo del Prado si se incendiase y respondió «el fuego». Y es verdad que en el Prado nada sobra, y lo único que falta, o lo único que yo echo en falta cada vez que voy, es, precisamente, ese silencio que se apodera de él cuando cae la noche y los vigilantes cierran las puertas.
Recordando cuando caían las bombas sobre Madrid, Rafael Alberti escribió su Noche de guerra en el Museo del Prado, una fantasía teatral en la que los personajes de los cuadros, almacenados para protegerlos de los bombardeos, se salen de los lienzos a dar mítines más o menos poéticos.
Declamaban los fusilados del 3 de mayo, el rey Felipe IV, Godoy, e incluso Venus y Adonis. Alberti era un buen poeta, pero, desgraciadamente, a veces se le iba la mano con el panfleto, como en este caso. Pero acertó con lo esencial: que un museo de noche es un lugar mágico y sacro, un jardín de las delicias por el que deambula la sombra del genio. Dicho lo cual, como noche de ficción en el Museo del Prado yo me quedo con la de Maruchi, la señora de Blanc, rompiendo aguas en presencia de la pareja de El parasol, el grupo de manteadores de El pelele o los viajeros de La Nevada. Y el pequeño Tony, a la luz de una linterna sostenida por su padre, llorando su primer llanto en el silencio de las salas nobles del Prado.