Consejos da Valls que para sí no tuvo


Cuando Manuel Valls, expremier de Francia, aceptó añadir a su currículo la arriesgada candidatura a la alcaldía de Barcelona, escribí un artículo para ensalzar su voluntario «ascenso de cabalo a burro», como se dice en Forcarei, y su forma de entender la política como una firme voluntad de usar el poder político para cambiar -siempre para mejor- la sociedad que lo otorga. Tan convencido estaba de su valía que, en medio de la galerna que ahora lo acosa, sigo manteniendo lo dicho. Pero mi admiración o no es óbice para que ahora le aplique otro principio bien contrastado: que ni siquiera Messi puede hacer un gran partido en un césped embarrado, lleno de agujeros.

Valls venía para ganar, poner orden en Barcelona, y reiniciar en España su segunda vida política. Pero perdió, se dio de bruces con una política degradada y tramposa, y ve a dos pasos el abismo en el que sepultar su excelente trayectoria. Y por eso, porque es humano, empezó a patalear sobre las arenas movedizas para ver si puede salir incólume de donde todos salen esnaquizados. Y por eso se está equivocando.

Para no quedarse solo, y en la pura irrelevancia, a Valls le pareció una buena idea encaramarse a la excelencia moral y sacrificarlo todo -sus seis concejalías, su fidelidad a Ciudadanos, su coherencia política y a sí mismo- a una sola misión: librar a España de las fauces de la extrema derecha y del independentismo. Y desde ese púlpito empezó a clamar contra la herejía que representa Vox, con la que «en Europa nadie se quiere mezclar», y cuya extirpación parece justificar todos los giros e incongruencias. Pero olvida Valls que a quien hay que salvar de la extrema derecha -siguiendo un riguroso orden de prioridades- es a Francia, donde ha ganado Le Pen, y donde todo apunta a que Macron, tan brillante como Valls, solo podrá salir vivo de este envite si mantiene destrozado el sistema francés de partidos y fuerza una segunda vuelta en clave patriótica: ¡todos contra Le Pen!

La ultraderecha española, en la medida en que Vox lo sea, no pasa de ser un molesto forúnculo. Y el independentismo, que es nuestro grave problema, no lo vamos a combatir jugando al guirigay en la alcaldía de Barcelona, sino activando -o generando- los mecanismos de defensa de la democracia, y formando una parcial y específica coalición del PP y el PSOE para poner ley, orden y racionalidad en esta locura consentida y aventada que empezó como una incómoda brisa y va camino de convertirse en huracán. Por eso sería bueno que Valls pensase y explicase por qué subió la extrema derecha en Francia; si él estaba allí cuando tal cosa sucedió, y si las revueltas y errores en el seno de la izquierda francesa, o la incapacidad de tender puentes entre los partidos esenciales del sistema tuvieron -o no tuvieron- algo que ver en la preocupante situación de Francia.

Esto no va de Vox ni de Colau, sino de España y Europa. Pero mucho me temo que Manuel Valls ya ha entrado en ese macabro trance en el que los árboles ocultan el bosque.

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