Los argumentos políticos cambian con los resultados electorales y los intereses de poder. El principio de la lista más votada como la única legitimada para gobernar, incluida la propuesta de una prima a la mayoría defendida por el Partido Popular para cambiar la ley electoral, se ha venido abajo. El Partido Popular se ha olvidado de la coalición de perdedores. Sencillamente, porque está hoy amarrado en ella. Incluyendo la extrema derecha o la derecha extrema, como la califican dependiendo del día y el dirigente implicado.
Obligados ya los populares a asumir la realidad de que nuestro sistema de gobierno, en cualquiera de sus instancias, se conforma por la formación de mayorías, y situada la derecha en una división de opciones electorales, lejos de aquella mayoría natural de Fraga, descubrimos que la derecha tiene barones con poder e intereses territoriales diferentes. E incluso como señaló Martínez Maíllo, el zamorano defenestrado por Casado, el PP no es solo Génova. Tampoco les sirve, como en las anteriores elecciones generales donde eran mayoritarios, reclamar la gran coalición o la abstención del PSOE para gobernar por su desastre electoral. Ni se les ocurre ahora abstenerse ellos para que esta vez gobierne Pedro Sánchez.
Tampoco tienen los populares fácil acomodo en su proclamada e insuficiente «alianza prioritaria» con Rivera, que aspira -no sé si con razón o sin ella- a ser el nuevo líder de la derecha. Sin olvidar el concurso necesario para ambos de los votos de Vox.
Pero lo más grave es que en el Partido Popular se olvidan que la elección de Pablo Casado como líder de su partido les llevaba a situarse como un partido de derechas. Porque tal era la naturaleza política de Casado, y quienes le apoyaron le conocían. Y en esa naturaleza y en sus propios resultados electorales surgen las discordancias con los dirigentes más de centro. Si es cierto lo que cuentan las crónicas no me extraña que a barones populares, como Feijoo, Moreno Bonilla, la valenciana Bonig y otros se les abrieran las carnes con la sombría pretensión de nombrar a Cosidó y Álvarez de Toledo como portavoces populares. Fácil entonces sería que Vox delegara en ellos.
Si Madrid, Murcia, Aragón o Castilla y León les pueden endulzar los resultados electorales al Partido Popular y también al segundón Ciudadanos, apoyados siempre en Vox, no resulta fácil olvidar los resultados en Galicia, Andalucía, Valencia, Cataluña, País Vasco, Castilla-La Mancha o Extremadura, por un decir. Ni siquiera a Navarra con su exitoso ensayo de coalición de futuro de los populares, las derechas forales y un Ciudadanos que negaba tales privilegios. Y ello lleva a que Casado, al igual que Rivera, sin poder acogerse al dogma de «la lista más votada» e inmersos por tanto en «la coalición de perdedores», logren explicarnos si logrado el gobierno, además de sobrevivir en sus papeles dirigentes, se dedicarán a gobernar lo público o a deshacerlo. Los barones, inquietos, observan.