Nuevas Cortes, idénticos problemas


Ayer se constituyó el Congreso de los Diputados que elegirá al presidente de Gobierno parlamentariamente más débil de nuestra reciente historia democrática. Aunque ello no sucederá hasta que a Sánchez le convenga iniciar las negociaciones políticas destinadas a tal fin, sus 123 diputados en la Cámara verdaderamente relevante de las Cortes están muy lejos no solo de poder mantener sin apoyos al nuevo Ejecutivo sino, incluso, de poder hacer efectivo el desiderátum socialista de la geometría variable, que necesita de una, ahora inexistente, aritmética viable.

De hecho, la elección ayer en segunda vuelta de la presidenta del Congreso con el voto de 175 diputados (la mitad justa de la cámara) indica dos tendencias de futuro que ya pueden darse por seguras: que nada podrá hacer Sánchez sin contar con los diputados de Podemos, quienes, rebus sic stantibus (estando así las cosas) serán indispensables para todo; y que nada podrá hacer Sánchez, incluso con Podemos, cada vez que los nacionalistas decidan vetar sus iniciativas votando en sentido coincidente al de lo que llama el PSOE «las tres derechas».

Pongamos un ejemplo que visibiliza claramente el atolladero en que se encontrará Sánchez en cuanto sea reelegido, si finalmente llega a serlo: en el próximo proyecto de Presupuestos que se vote en el Congreso, el Ejecutivo deberá contar no solo con el sostén de Podemos sino también, en todo caso, con el apoyo o la abstención de los independentistas, pues, si estos presentasen enmiendas a la totalidad y decidiesen mantenerlas, dado que todas se votan como es lógico en conjunto, el rechazo al proyecto gubernamental puede darse por seguro. Así le sucedió a Sánchez en los últimos Presupuestos votados en la Cámara -los que le obligaron a convocar las elecciones generales- y así podría volver a acontecer fácilmente en el futuro.

De hecho, para entender hasta dónde llega esta endemoniada situación debe recordarse que los independentistas no hicieron depender su apoyo a los Presupuestos de cuestiones económicas, sino de que el Gobierno se aviniese a convocar un referendo de autodeterminación. Y debe subrayarse que Podemos podría subir ahora su apuesta en contra de la política de estabilidad presupuestaria de la Unión como una forma de distinguirse del Gobierno y, si formara parte de él, de los ministros socialistas. En eso insistió Iglesias, como se recordará, durante toda la campaña: en que el PSOE sin el marcaje de Podemos es otra versión de la derecha. Así están las cosas.

España avanzó de una forma espectacular desde que se restauró la democracia gracias, en grandísima medida, a la estabilidad de sus sucesivos gobiernos, sobre todo desde 1982 en adelante. La pérdida de esa estabilidad en el 2015 ha sido interpretada por no pocos como un gran avance político y social. Quizá porque, como escribió un día Fernando Savater, «hay quienes llaman cambio más al trastorno que a la mejoría».

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