Malas vibraciones


En el Campeonato de Asturias de squash le han dado un nuevo sentido a la expresión «vibrar con el deporte». Porque a las ganadoras les entregaron, junto con el trofeo, un pack femenino que incluía un vibrador. «Pura fantasía», rezaba la cajita rosa. Puritita, que dirían en México. Es fácil imaginarse a alguno de los organizadores masticando el chascarrillo con la sonrisa: «Le podemos decir a las chavalas que no se consuela la que no quiere y que da gusto cómo juegan». Seguro que cuando entregaron los regalos sorpresa hubo cruce de guiños. «Ahí va, Manolo, ya verás qué cara ponen las chicas. Verás qué risas. Tendrán queja». Y la tuvieron, sí. Los campeones, que se conoce que vienen espartanos de serie, se llevaron el ladrillo con su placa de toda la vida. Feo, pero digno. Al menos no genera la necesidad de esconderlo al llegar a casa o de tener que responderle a la familia preguntas incómodas con respuestas que no creería casi nadie: «Que no, que no, que yo no me compré esto, que me lo dieron porque gané el asturiano de squash». Solo las mujeres vencedoras se vieron en esa tesitura, porque fueron las que recibieron un estimulador íntimo. También es cierto que otras tuvieron que conformarse con una crema depilatoria y una lima eléctrica. Se ve que había ofertón del mal gusto. Solo faltaba el pintalabios. Igual se estudió el tema, pero se descartó porque aquello quedaba «muy de boda» y preferían el toquecillo rancio de la despedida de soltera. Mal gusto. Pero mal gusto evolucionado, eso sí. Hemos pasado de los mandiles a los vibradores. Nos quejamos de vicio.

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